Opinión / AGOSTO 11 DE 2022

Hacia una prevención real

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En el intento por modificar el comportamiento humano, la teoría del aprendizaje ha sido la premisa dominante. ¡Error! El comportamiento humano está direccionado escalonadamente por las emociones, los sentimientos y mínimamente por el pensamiento. El modelaje y gestión emocional es un asunto propio de la estructura de personalidad que viene determinada por la relación entre la genética y el contexto físico y social en que se desarrolla el individuo. La educación emocional es posible desde la misma esencia que conlleva a los sentimientos y en un ambiente social que lo propicie, no desde el conductismo. 

Creer que las personas evitarán caer en una situación que compromete su salud, su vida íntima, relacional y social sólo porque son sujeto de consejos, discursos, cantaleta, amenaza, castigo o condicionamiento racional es falaz. La forma en que el ser humano responde y actúa ante un hecho, situación o circunstancia está supeditado al carácter, temperamento y patrón dominante de su personalidad. 

La personalidad es el resultado de cómo la persona integró los sistemas de relaciones estructurantes del sí mismo desde su concepción, nacimiento, crecimiento y desarrollo: primero, cómo el sujeto fue recibido, integrado y vinculado al núcleo cuidador y familiar. Segundo, cómo el círculo social lo hizo o no parte del grupo, el grado de benevolencia u hostilidad y la manera cómo el sujeto se integró al grupo social. Por último, cómo el menor asumió el reto de competir con sus pares para alcanzar una posición o estatus dentro de su grupo.

Estos elementos son determinantes del amor y apegos, dependencia y confianza; así como de la agresividad, celos, soberbia, envidia, ambición, ira, infelicidad o el impulso predador que particularizan a una persona. 

Así pues, pretender que una estructura de personalidad sea sujeto de cambio o modificación en su forma de ser porque lo aconsejan, lo amenazan, lo castigan o lo condicionan cognitivamente es obtuso y falto de razón. Los humanos actúan según el proceso y reacción emocional, todo lo cual está fijado a la personalidad.

O sea, la forma en que está configurada la personalidad tiene que ser la determinante del cómo de las estrategias para incidir —si es que se quiere hacer— en la recomposición y modelación de comportamientos y conductas consideradas adversas a la persona, tanto en lo íntimo como en la forma de establecer vínculos y relaciones sociales: los comportamientos son la expresión de emociones y sentimientos. 

Por lo tanto, las campañas basadas en la razón y cognición están signadas por el fracaso, sin importar lo que se quiera prevenir: obesidad, diabetes, cáncer, infecciones de transmisión sexual o el consumo de alcohol y sustancias psicoactivas. Como igual los llamados a la conciencia ciudadana para frenar el cambio climático y buscar alternativas al uso de combustibles fósiles o detener la tala de bosques o emisiones de CO2. Tampoco los programas mediáticos para impedir la violencia de todo tipo o incrementar la seguridad vial.

Igual fracasará la prevención del suicidio o que cesen los asesinatos y masacres, como nulo el clamor contra la corrupción y filiales. En fin, nada que se haga desde la perspectiva racional. La prevención será real sí se incide en las razones que originan la adversidad y se utilizan los mismos recursos que activan la mente: las emociones y los sentimientos.   


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