Opinión / MAYO 19 DE 2022

Incertidumbre que agobia

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La tendencia social y sanitaria de patologizar toda disrupción que no converge con el establecimiento puede ser frustrante, si es que no contraproducente. La diversidad perceptiva, sensorial, experiencial, cognitiva y comportamental, no necesariamente tendría que ser un trastorno o una patología. Se sabe que no todo puede estar clasificado; existen categorías conductuales incomprendidas y sin identidad, lo que necesariamente tenga que ser asociado a deficiencias. La naturaleza humana es dinámica e ilimitada, y cada momento, cultura, historia, contexto, situación, metabolismo, genética y ecosistema son determinantes en la configuración de las estructuras neurológicas que favorecen una identidad cerebral diferente.

El afán de encasillar o sentirse categorizado les urge tanto a quien lo vive como a quienes lo rodean; esto los lleva a consultar —si es que la oportunidad y los recursos lo hacen posible— con la esperanza de encontrar respuesta en los profesionales sanitarios. Tener un diagnóstico —si existe— con la perspectiva de encontrar “curación” brinda alivio. Sin embargo, otro grupo de personas —la mayoría— no tienen cómo ni a dónde acudir para hallar respuestas, así que sufren calladamente los signos y síntomas con esa sensación profunda de que algo “no está bien”. Malestar que, por las características de las sensaciones, pareciera que no encaja con nada de lo cual se tenga referencia.

Así pues, tanto quienes consultan como los que no, pueden encontrarse en una situación de incertidumbre al darse cuenta de que sus sensaciones y experiencias no tienen respuesta o tratamiento que les satisfaga. Del mismo modo, molestia por la imposibilidad de explicar la sensación de insatisfacción o las dificultades para mantener relaciones sociales o de pareja. Igual, cuando la familia los siente apáticos y resistentes a integrarse socialmente o reacios a las visitas; así mismo, con la dificultad para hacer parte de grupos o conglomerados, a la vez que irritables cuando están expuestos al bullicio o impacientes con la “lentitud” de los demás. 

Desde la perspectiva de la familia, evidenciar en un ser querido capacidades intelectuales y una lógica para comprender procesos complejos que superan la media general hace sentir orgullo, pero perplejidad al observar el desinterés y agobio de su familiar cuando es exaltado en cualquier ámbito; así como la incapacidad familiar ante la ansiedad manifiesta que caracteriza a su hijo por el estudio o trabajo después de cierto tiempo, a pesar de la excelencia. Similar angustia para la familia y el sujeto mismo: sentir desasosiego por verse expuesto o ser centro de atención social, al igual que incomprendido por su literalidad lingüística o ser el último en comprender un chiste. Por esto y más, estas personas se aíslan sin una razón conocida. 

Todavía más, un agudo mutismo y embebimiento en ciertos temas académicos, excelente memoria y fascinación por identificar patrones. Sumado a lo anterior, estas personas suelen oír ligeros ruidos, les llegan aromas sin origen conocido o tienen la sensación de que son observados, así como también sentir que tiembla o que su cuerpo vibra. Estas y otras características están presentes en muchas más personas de las que se piensa: todas las edades y diversidad humana. Hace falta familiarizarnos con una categoría que puede asociarse a lo que Steven Rose denomina “identidad cerebral diferente, que no deficiencia” y atenuar la incertidumbre que agrava aún más la ansiedad.


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