Opinión / NOVIEMBRE 25 DE 2021

Insensatez que daña

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

El mito de la racionalidad que lleva a considerar que entre la cognición y la emoción hay una batalla por el control de la conducta es tal vez la más grave de las afrentas que debe sufrir todo aquel que no puede cumplir con las expectativas que los seres queridos, profesores y sociedad en general han puesto sobre él. Considerar que es de dominio racional la forma como una persona registra y procesa los estímulos sensoriales y del ambiente con reacciones, comportamientos y acciones por fuera de lo establecido y predeterminado es un grave error con funestas consecuencias.

Creer que la conducta humana obedece a la voluntad o libre albedrío, sin más, agudiza profundamente el estado de impotencia y victimización de quien sufre la imposición de tener que hacer y ser como otros determinan: “¡que se concentre!… Que se mueva… ¡Hable!... ¡Coma!... ¡Duérmase! … Diga algo… Pero, ¿por qué tan lento?... ¡Sáquese los dedos de la boca!… ¿Es que no entiende?... ¡Cálmese!... ¿Cómo así, eso no fue lo que le pedí… ¡Bruto!... ¿Qué le hace falta? Lo tiene todo… ¿Por qué no se duerme?... ¡Que se duerma!... Ponga de su parte y deje ese vicio… ¡Todo lo puede la mente!... Si tan solo pusiera de su parte… Eso no es timidez, es bobada… ¡Cuáles espantos!... ¡Que miedos, ni qué nada! Son caprichos... ¿Sombras? aquí no hay nada ¡deje la bobada!... No le da la gana, es que se deja llevar por caprichos”, en fin. 

Todas esas expresiones y muchas otras que resultan coloquiales son la constante para familias y contextos donde viven menores y jóvenes que aparentemente —según el patrón dominante— no tienen ni el ritmo ni la agudeza para algunos estímulos; ni la forma y velocidad de reacción; tampoco el talento para ciertos dominios ni la agilidad motriz, ni la facilidad para relacionarse, al igual que deficiencias en la espontaneidad para actuar en ambientes determinados. Esas “deficiencias” y desatinos para los ajenos resultan ser cualidades, excepcionalidades y talentos para quienes las viven y experimentan; pero la incomprensión de tales sensaciones dificulta creérselo. Tampoco atinan cómo asirlas y menos aún expresarlas por ignorar la naturaleza de tales sensaciones. Ignorancia agravada por el temor al estigma que rodea asuntos tan íntimos y la sensación de sentirse “raros” ante el poder del encuadre y la ortodoxia dominante, que limita no poder ser considerado “normal”.

Exigir e imponer patrones de respuesta preestablecidos a particularidades neurológicas es el culmen de la insensatez que daña a quien es forzado a sentir cómo reza el guion. Descalificar sensaciones y otras formas de respuesta emocional, racional y mental agrava la angustia; así mismo, problematiza la sensación de “sentirse raro” y desencadena crisis que pueden resultar contraproducentes —cuando menos—, si es que estas no resultan fatales. Y no es con medicamentos como se corrigen esos “desafueros” mentales; lo sensato es hacer la “lectura” adecuada de quien está cerca de nosotros y llama nuestra atención para ser abrazado por la comprensión de que hay diferencias y particularidades en la respuesta sensorial y cognitiva, sin que necesariamente sea un trastorno y menos una patología.


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

copy
© todos los derechos reservados
Powered by:Rhiss.net