Opinión / OCTUBRE 17 DE 2020

La cabaña de Gerardo

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Aunque abrí al azar El lugar de la espera, no hay casualidades. Reorganizándose frente a mí para demarcar otro fructuoso hito en mi vida, la sincronicidad significativa discurría sin yo saberlo. Poemas de Gerardo Rivera. De los pocos libros de poesía prologados por William Ospina: “En esta poesía lo humano es solo una parte humilde de lo que existe”. Y agrega, con clarividencia sobre la inspiración de su amigo: “Solo quien se mira tan poco a sí mismo puede ver con tanta intensidad el mundo”. Sebastián Felipe Barlovanto, anfitrión espléndido en Mira-ve, me obsequió el libro que le había prestado el poeta Orlando Restrepo. Leí, a los amigos allí presentes, el poema sobre el cual se desplazó mi mirada: En el comedor vacío. Me pareció teatral la dedicatoria: A mi mamá. No debería hablar de ti ni recordarte. /Tenías una hermosa mansedumbre, /eras mansa como la paloma que entra por la ventana abierta/y se posa en una mesa. /Y luego quizás duerme sostenida por unas manos amadas/. Extenso poema de añoranza nada meliflua, tras del cual fueron desmigajándose otros, para sorpresa de quienes escuchábamos por primera vez la poesía de tal poeta de franciscana existencia, infrecuente especie de ermitaño taoísta. O monje zen parecido a un Ryokán colombiano, sembrando versos entre los montes de Dapa, en Cali. Habita hace 42 años en el apacible Chicoral, alojado entre remanentes de bosque seco. Bajo florestas húmedas y de niebla. Sobre matorrales yermos. Ha publicado seis libros: A lo largo de las estatuas de octubre. El Viajero de los pies de oro. Una nada cubierta de hojas. El lugar de la espera. El libro de los árboles milagrosos y Los vinos del desterrado. Nunca supe nada de Rivera ni de su existencia literaria en la poesía colombiana. Mucho menos de sus temas poéticos, vecinos del haiku. O su acento taoísta, poco usual en la poesía colombiana. “Encontraste mi casa/Pusiste tu música en mí/. Y ahora soy como ese bosque/Amado por la luna. /Agua invisible que desciende/Soltando sus pájaros. /Espuma que regresa/Al llamado de las piedras/”. Entre los árboles que la abrigan, las aves compañeras de Gerardo en su nativa vivienda son tangaras rastrojeras. Y perdices coloradas. Y carpinteros punteados. Tarde de la noche, en mi habitación, leí en la solapa derecha: “Vivo en una pequeña casa de guadua y madera, cerca a Cali, después del caserío de Dapa”. Gerardo residía por allí, en algún rincón del bosque cerca del apacible sitio donde me alojaba. Quise visitarlo al día siguiente, domingo, y pregunté a mis anfitriones por tal paraje. “Si es necesario, voy a pie”, les dije. “Es cerca. Mañana los acompaño a visitar a Gerardo”, nos prometió Luz Mary, esposa de Sebastián.


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