Opinión / JUNIO 23 DE 2022

La esperanza es impaciente

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Por impetuosa o fuerte que sea una emoción, esta es efímera. La poca o mucha excitabilidad producida depende de la expectativa que precede a la situación que activó ese estado emocional. Cuanto mayor el tiempo de tensión que ha acompañado la espera de un resultado, más fuerte es la respuesta emotiva, independiente de lo satisfactorio o frustrante que sea el resultado. 

Después que la emoción moviliza el andamiaje fisiológico —según la personalidad y el contexto— sobreviene un estado menos excitado, pero más extendido, profundo y duradero: el sentimiento. Si bien las emociones son espontáneas e irracionales, los sentimientos son más perceptibles y sujetos de una elaboración cognitiva. Cognición no transformadora del sentimiento, pero sí facilitadora de la consciencia del sentir que permite procesarlo íntima y socialmente. 

Sin embargo, nuestro país tiene sus particularidades en cuanto a estructuras de personalidad que hacen vulnerable a la población a los impulsos emocionales y a los sentimientos que se derivan de ellos. Emociones y sentimientos de fácil manipulación debido al contexto desigual y carente de justicia. Un contexto saturado de víctimas del despojo y obligadas a errar míseramente por todo el territorio nacional. Un contexto inmerso en violencias, así como en la exclusión y el racismo. Un contexto con una población malnutrida y carente de calidad educativa cuando no desescolarizada. Un contexto en el que las relaciones familiares y sociales están dominadas por el modelo patriarcal y autoritario que produce recelo, resentimiento, rabia y venganza. 

Todo esto y más hace que el ambiente en que se desenvuelve la ciudadanía se mantenga en modo estrés, lo cual la hace frágil, manipulable e inestable. Por eso la experiencia y expresión emotiva que está viviendo la mayoría de los connacionales después de la elección presidencial no tiene referente histórico: euforia y esperanza en quienes se sienten ganadores; frustración, miedo y rabia en los que se sienten perdedores, pero no vencidos. 

La razón de estos sentimientos asumidos como propios y no artificiales es que la expectativa y esperanza por el cambio en muchos, y el temor y aferramiento al statu quo para otros, se tornó personal; la participación en los comicios y la espera de los resultados se convirtió en algo fundamental para sí mismos: cambio con perspectiva de bienestar para una parte de la masa, cambio con sabor a pérdida y exilio para la otra. En esta oportunidad las elecciones dejaron de ser un trámite electorero más con candidatos e intereses ya marcados; se presentó una mutación en la que los resultados se sentirían como una ganancia o pérdida propia.

Esta situación hace que la esperanza para quienes le apostaron al cambio se viva como un logro con perspectiva de transformación de realidad; su frustración por siglos ya no da más, el cambio tiene que ser ya: esperan un milagro. Y si a esa esperanza la contraparte le atiza recelo, descalificación, estigma e improcedencia, la ilusión del cambio se transforma en frustración. Frustración que capitalizarán los oportunistas para convertirla en rabia e instrumentalizarla para sus intereses y demostrar que “es mejor malo conocido que bueno por conocer”: resignación y volver a lo mismo.

Sólo la consciencia de que el cambio es gradual y significa sacrificio asegura el bienestar en un futuro y hará que la esperanza no se apague.


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