Opinión / ENERO 21 DE 2022

La expropiación del lenguaje

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Cuando aparecieron nuevos conceptos, con la promulgación de la Constitución de 1991, en particular de derechos ciudadanos, se vino de inmediato la contrarreforma semántica y práctica por parte de diversos grupos de interés, proclives a mantener el statu quo: terrorismo, neocomunismo, polarización, odio de clases, y otros adminículos lingüísticos que hoy son juguete, chicle, de los medios masivos de comunicación. 

La palabra terrorismo fue el caballito de batalla de violentos de lado y lado. Se parapetaron en su acepción para poder arrasar cualquier disidencia o discrepancia con la realidad portátil y acomodaticia que nos ofrecen, veinticuatro-siete, la televisión nacional y la narrativa de los políticos profesionales. 

La insurgencia —convertida en un negocio del narcotráfico por las guerrillas de extrema— fue estigmatizada como terrorismo para continuar, en las veredas, la expropiación de tierras que perpetran particulares y algunos personajes de los gremios. 

El neocomunismo es casi un chiste, si no fuera por sus implicaciones. Tildar de comunistas o socialistas a toda la izquierda, o a cualquiera que enfrente a las élites corruptas, es una estratagema infantil que tiene efectos reales en el electorado. Es banal pero eficaz. 

Las lógicas de la llamada polarización son otro asunto denso. Salieron a decir desde el Estado, los gremios, o sus acólitos gratuitos o pagados, que había un sentido pugnaz y polarizador en quienes denunciaban la toma de nuestras instituciones por parte de negociantes de la subcultura del narcotráfico. No era sólo la infiltración interesada de dineros ilícitos, como lo profetizó Luis Carlos Galán, sino también la cartelización de cada una de nuestras actividades. 

El dinero fácil, la ganancia exprés, se volvió el objeto oscuro del deseo colectivo. Toda una subcultura que nos permea y nos vuelve agua la boca y los bolsillos. 

También se empezó a hablar de odio de clases, si alguno levantaba la mano, con información, para requerir dónde estaban los dineros públicos o por qué los funcionarios ejecutaban los presupuestos de acuerdo con las condiciones de unas minorías de privilegio. La imagen del odio, como inquina furibunda, fue empotrada como supuesto en el corazón de la crítica y la argumentación. Una falacia. 

Lo que sí apareció, ante el diccionario lingüístico de tergiversaciones de la realidad, vista como mera actualidad, fue la rabia de decenas de miles de colombianos indignados. Y así fue y es. La rabia que surge de la impotencia frente a un Estado sordo y ciego, en especial de cara a un proceso de ideologización de la policía y el ejército de Colombia, puestos al servicio de un partido político dominante. Craso error. 

Rabia que da combustión a millones de colombianos que aspiran a culminar el revoltijo de sus ilusiones. Aspiran, negros, homosexuales, feministas, animalistas, indígenas, campesinos, estudiantes, en fin, a sacar del poder a quienes les inventaron con abuso, y se crearon para sí, un mundo alterno. 

Las palabras también nos han traicionado. Ojalá la rabia, que no es odio, fluya y tome la horma del sentido común. 


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

copy
© todos los derechos reservados
Powered by:Rhiss.net