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Opinión / FEBRERO 29 DE 2024

La ilusión en las aulas

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Durante varios años trabajé realizando labores de promoción de lectura, escritura creativa y difusión cultural y literaria en colegios, además de coordinar la Red Departamental de Bibliotecas Públicas en dos periodos diferentes. Este año, después concursar, he iniciado de manera oficial mi trabajo en el Magisterio como docente de Humanidades y Lengua Castellana. Como profesional no licenciado, y a pesar de sentirme con competencias para manejar grupos y acogerme a los lineamientos curriculares del área con solvencia conceptual y pedagógica, me ha sido inevitable cuestionarme sobre la preparación con la que llegamos licenciados y no licenciados a afrontar la labor educativa. Aunque todo está debidamente reglamentado y dispuesto desde el Ministerio de Educación (recursos, contenidos, metodologías, estándares, guías), las realidades y fenómenos del trabajo cotidiano en el aula escapan a cualquier previsión, y hacen de los procesos de planificación un territorio donde la incertidumbre y la improvisación se mantienen en un pulso constante con la intuición y la capacidad de adaptación. 

“Vocación” y “ensayo y error” son dos conceptos que orbitan sobre el desempeño de la labor educativa, y terminan por ser claves para determinar la identidad del docente, bien sea que entendamos la vocación como un llamado divino, si somos creyentes, o la racionalicemos como el ejercicio de la entrega, el entusiasmo y el profesionalismo a la hora de compartir algún conocimiento. En cuanto al ensayo y error, sería conveniente naturalizarlo como la expresión de una verdad incuestionable y es que quien enseña, si tiene verdadera vocación, lo que en realidad está haciendo es aprender más y mejor.  

Entre las cosas que debemos asimilar quienes acabamos de ingresar a la carrera docente, está el hecho de que seremos testigos de una transformación sustancial de la educación en los próximos 10 años. Impulsada en buena medida por los rigores derivados de la pandemia, dicha transformación comprende un cambio de paradigma no solo en los campos de lo conceptual y lo pedagógico (qué y cómo aprendemos), sino en la conciencia de lo que podemos y debemos hacer (o no) con lo que aprendemos, de manera que la vida siga siendo un escenario para el asombro y la belleza que nos proveen la naturaleza y el lenguaje, las matemáticas y la poesía, la oralidad y la música, la danza y la filosofía.    

Ante la idea manida y catastrófica de que la virtualidad y las inteligencias artificiales terminarán sepultando el rol del docente, no puede haber mejor respuesta que la palabra, la sensibilidad y la escucha, aquellas que nos recuerdan nuestra condición humana y nos permiten construir universos de significación y puentes de relacionamiento con los otros. Y aunque el mandato de la modernidad y las tendencias apuntan a la innovación técnica, no se puede perder el horizonte de que lo nuevo no es infalible, y que muchas veces recuperar prácticas tradicionales, saber escuchar las voces del pasado que nos llegan a través de los libros, y disponernos a aceptar nuestros errores y debilidades con humildad, pueden ser prácticas de incalculable valor pedagógico.    


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