Opinión / OCTUBRE 26 DE 2020

La madre tierra, y la tierra como mercancía

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Históricamente, las movilizaciones indígenas han sido interpelaciones a la forma como las sociedades ‘modernas’ se relacionan con la naturaleza y entre sí. 

El concepto de madre tierra hace referencia, no solo al medio ambiente, al agua, los bosques, la vida animal, la biodiversidad, sino al significado simbólico que estos tienen para los pueblos indígenas, y que definen su relación con la tierra y el territorio, los cuales son, en última instancia, la esencia de su existencia física, cultural y espiritual. Este marco nos permite comprender su reclamo a ejercer el derecho de defender y garantizar la protección, la disponibilidad y la pureza de los recursos naturales.   

Esta concepción inspiró la declaración sobre el agua de los pueblos indígenas  del año 2003, aprobado por la Organización de las Naciones Unidas, Onu. La Comisión Económica para América Latina, Cepal, ha señalado que “la expansión de las actividades primario exportadoras en la región ha implicado graves impactos  ambientales… y afectación de derechos, intereses, territorios, y recursos de pueblos indígenas agravados en contextos de exclusión política, discriminación y marginalización económica” —Cepal, 22-23 de septiembre de 2014, Nueva York—.

El inminente peligro que implican las amenazas globales para el planeta y la humanidad, indican que la adopción universal del concepto de madre tierra es una necesidad apremiante. El planeta es nuestro hogar, nos lo recuerda el papa Francisco. En Colombia, sin embargo, la cosmovisión militante de los indígenas los ha convertido en víctimas de la violencia estructural, de la represión del Estado, de la agresión de los acaparadores de tierra y de los grupos armados, que han cobrado en lo que va de este gobierno, 300 víctimas, 167  de ellas indígenas.

La minga indígena es para los colombianos una matriz de aprendizajes sobre la importancia de los vínculos comunitarios, ajenos a las relaciones contractuales y excesos individualistas que han colonizado nuestra cultura. Es una lección de independencia, disciplina organizativa, vocación pacifista y valentía para reivindicar sus derechos en medio del acorralamiento de la demagogia oficial y la violencia. Es también una excelsa expresión de lo que significa hacer presencia en el ámbito de lo público como actores políticos no partidistas. Los indígenas llevan en su rostro y en su cultura el profundo significado de la valoración humana de la tierra.

El movimiento indígena enfrenta un modelo que le pone precio a la tierra, es decir, a la madre, que la mercantiliza, la sobreexplota, la tiraniza, la arrasa, la enferma, la deshumaniza, empobrece a los pobladores y los pone en brazos de los cultivos ilegales. El gobierno Duque asume la actitud soberbia de no escucharlos, contrario a lo establecido por los jefes de Estado y de gobierno que en el año 2007 firmaron el compromiso solemne con los principios de la Onu de promoción y protección de los pueblos indígenas.

Es desconcertante la complacencia del gobierno Duque con los grandes empresarios y sectores financieros, tan cordero frente a los Estados Unidos y, en cambio, tacaño y autoritario con los indígenas, afrocolombianos y los sectores empobrecidos por la pandemia.
 


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