Opinión / SEPTIEMBRE 23 DE 2022

La primera línea de nuestra historia

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Calarcá fue construida entre los ríos Santo Domingo y Quindío, por campesinos, mujeres y albañiles que tiraron sus cabuyas por yardas para medir la carrera 25, en dirección a Las Partidas y a la montaña, a un costado de Peñas Blancas. Vinieron a poblar luego los educadores, los poetas, los sacerdotes y, claro, las parteras y los boticarios. 

La vida, con sus dolores y paliativos, termina trazando una cartografía alrededor de las boticas y los hospitales. Así crecen los pueblos en franca resistencia contra los estragos del tiempo y de la muerte. Inventa una primera línea de enfermeras, médicos y cuidadoras. 

En el siglo veinte en Calarcá, como en casi todos los pueblos, terminamos caminando por las orillas de los ríos y quebradas, y, obvio, por los andenes de las farmacias y del Hospital La Misericordia, la bella edificación de nuestra niñez. 

Tuvimos prestigiosos farmaceutas, atrincherados en todas las calles. Don Joaquín Mora en la casa vieja de la Plaza de Bolívar, Edgar González en la carrera 25, y Otoniel Patiño, el querido don Otto, en la galería y luego en cualquier esquina por donde transitara la vida o, por su humor inteligente, la risa. En cada droguería, como denominó la modernidad a las boticas y farmacias, acampaba además de un matasanos o de un farmaceuta famoso, un médico de planta. 

Médicos como Roberto Botero, Aldemar Duque Llano —el apreciado curador en las veredas liberales —y el doctor Suárez Cubillos, en fin, profesionales de la medicina que sembraron de tranquilidad cada recodo del pueblo. Después llegarían médicos como Hernán Jaramillo Botero —el defensor a ultranza del hospital público —, Rodrigo Arango Restrepo y Luis Fernando Ortiz, un emblemático y perspicaz cardiólogo de Calarcá. 

Un hito representó para mis contemporáneos, la aparición en los años ochenta del primer centro médico, denominado luego en homenaje a Rodrigo Arango Restrepo. 

Los médicos Edgar Sabogal, Jorge Lozano y Gilberto Pardo se establecieron por primera vez, agrupados en la carrera 24 con calle 43, donde con las bacteriólogas Luz Marina Bassil y Melva Gutiérrez, al igual que con los odontólogos Humberto Reyes y Edgar Guzmán, constituyeron la primera institución prestadora de servicios de salud, creada por los profesionales de ese campo. 

Caminar por las calles de la Villa del Cacique es encontrarse con una historia de esfuerzos privados con vocación de servicio público, así fue y así es en el centro médico Rodrigo Arango, ahora en la calle 36, cuyo desempeño enaltece a los calarqueños. 

Médicos como Carlos Javier Zapata, Orlando Galvis Ocampo, Cristhian Giraldo, simbolizan hoy en día una historia que contrasta y trasciende el materialismo hirsuto, esa especie de mercantilismo grosero, de consumismo sin fin en que fue convertido el proceso de atender la enfermedad. 

La pandemia, en vía de extinción, nos enseñó que los campesinos, los domiciliarios, los tecnólogos y los científicos, a través de los epidemiólogos y los médicos todos, y las enfermeras, son un soporte primordial para sobrevivir estos tiempos.


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