Opinión / ENERO 20 DE 2022

La tristeza

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Durante la mayor parte de mi vida he luchado contra la tristeza. En mi infancia aparecía ante situaciones familiares adversas, algunos comentarios malintencionados de mis compañeros de escuela y la soledad producto de vivir en un espacio sin la presencia de otros niños o niñas. Luego, en mi adolescencia, seguía apareciendo por los mismos factores y sucesos propios de dicha etapa de la vida: desamor, crisis identitarias, oposición a las figuras de poder, etc. Y ahora, en la juventud y el tránsito a la adultez se ha agudizado, acompañándome casi a diario. Es así como, luego de tantos años, he decidido dejar de luchar contra ella. Esta decisión va de la mano con una certeza, soy un hombre triste y es por la tristeza que logro moverme en el mundo. Pero, ¿qué me hacía enfrentarme a ella? Lo social y su intento por quitármela, algunas veces incitado por un sincero gesto de cariño, pero casi siempre solo motivado por prejuicios y estereotipos sobre la tristeza que hacen creer a las personas que en ella hay una señal de peligro ante la vida. Sin embargo, parece que tras ello hay un miedo colectivo a la pregunta por la muerte y un intento egoísta por preservar al otro en un afán por evitar la soledad y los cuestionamientos que con ella aparecen. 

Esto se ve reforzado por un discurso político y económico que hace del sujeto triste una persona no productiva y menos consumista, la cual no participa del engranaje productivo de un sistema que, paradójicamente, en su ritmo vertiginoso y agobiante satura a las personas, llevándolas a un colapso anímico que termina por subyugar sus posibilidades de habitar armónicamente el mundo. ¿Qué hacer entonces en una sociedad que estigmatiza y rechaza la tristeza, pero también la produce y la mercantiliza? 

Lo anterior me llevaba a una situación insostenible: la culpa de sentirme triste. Eran inevitables preguntas como: ¿Por qué estoy triste si “lo tengo todo”? ¿Soy una persona desagradecida con lo que me brindan? ¿Por qué no puedo disfrutar la vida como los demás? Preguntas que en mi contexto he visto replicadas: pacientes que ante la tristeza sienten esa misma culpa, haciéndolos caer en conductas autopunitivas; estudiantes que evitan la tristeza por el estrés que les provoca lo que el mundo les puede llegar a decir; amigos y familiares que deben anular la tristeza porque ante su aparición se sienten juzgados.  

Pero mi lucha finalmente ha cesado, hoy abrazo la tristeza y le permito habitarme. En ella he encontrado un sentido para vivir y hacer en el mundo; en ella me pierdo y en ella me encuentro. Luego de tan injustificable lucha, he reconocido como es gracias a ella que he construido lo que soy; sin sus preguntas no tendría las certezas con las que hoy cuento, sin su presencia no podría significar las otras emociones, sin su compañía no viviría en consonancia con mis deseos y sin ella no me permitiría vivir la pluralidad del mundo. 


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