Opinión / AGOSTO 05 DE 2022

Las banderas desteñidas

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En una comunidad democrática prevalecen tendencias políticas sustentadas en ideas, que tradicionalmente, en los países que practican el sistema “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, por lo general se ubican en dos tendencias: una conservadora, tradicionalista, y otra liberal, de avanzada social. La primera, representa a las élites sociales y económicas y se identifica con creencias religiosas específicas.

La otra, en cambio, representa y protege a los sectores populares, a la libertad de cultos y al libre examen, sin ataduras dogmáticas ni discriminaciones de ninguna índole. En lo económico, los conservadores proponen un Estado reducido, centralizado y fuerte, que controle el sistema productivo, lo proteja de la competencia externa y lo privilegie en la tributación. Este modelo, en

Colombia, se inspiró en teorías filosóficas aristotélicas y en dictados morales y religiosos de los doctores de la Iglesia cristiana, especialmente los santos Tomás de Aquino y Agustín de Hipona. Se han identificado también los conservadores criollos con las antiguas castas gobernantes de la Europa monárquica, en la protección de las élites socioeconómicas. Los liberales, por su parte, proponen un sistema de gobierno que privilegie la libre empresa y proteja a las bases trabajadoras de la explotación, reclamando para ellas los beneficios de una cobertura mínima de servicios sociales; y oportunidades para la superación. A los enciclopedistas franceses y al modelo económico inglés se deben muchas fórmulas políticas adoptadas por el liberalismo colombiano.

En un aspecto fundamental para el digno desarrollo de la personalidad de los ciudadanos como es la educación, los conservadores se acogen al dogmatismo, en un sistema confesional y socialmente selectivo. Los liberales, en cambio, desde los albores de la República, defienden el librepensamiento y la educación “obligatoria, laica y gratuita”, lo que se ha conseguido apenas a medias, especialmente desde cuando el sistema educativo se volvió negocio.

En educación básica, secundaria y superior, las comunidades religiosas se han destacado por la disciplina organizacional, mientras que las entidades públicas son permeadas por la politiquería; y últimamente hasta la corrupción la alcanzó con sus tentáculos. Una tercera opción es la educación privada, cuyos objetivos son ambivalentes. 

Al lado de conservadores y liberales, en Colombia, desde principios del siglo XX, hace presencia el comunismo, sin volumen electoral, pero con una distinguida representación de intelectuales, como su presidente por muchos años, el doctor Gilberto Vieira White, y otros brillantes académicos. 

A partir del Frente Nacional (1958-1974), el bipartidismo conservador-liberal colombiano comenzó a declinar. El clientelismo de las coaliciones nacionales y regionales; la intervención en política de los carteles mafiosos; las decisiones electorales y administrativas presionadas por grupos armados de paramilitares y guerrilleros; y el “cartel de la contratación”, protagonista de la corrupción rampante, acabaron con las ideologías, el liderazgo perdió dignidad y vocación de grandeza y la representación de los políticos se atomizó en grupos sin principios ni objetivos patrióticos. Con el mote de “partidos”, son compraventas de avales, votos, puestos y contratos, mientras se destiñen las banderas azules y rojas del bipartidismo. 


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