Opinión / DICIEMBRE 03 DE 2021

Las ofrendas del año

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Hasta hace pocos días, cuando aún era una atlética felina, Emilia traía en su hocico enfurruñado unos enormes pájaros que depositaba a los pies de sus cuidadores. Luna, por su parte, más díscola, perseguía sin tregua los aleteos de los colibríes, como si la caza fuera su destino único. Ambas gatas, indolentes, entregaban sus presas como ofrendas a los adultos que guardan sus reinos de otros humanos.

Los regalos muertos que depositan los gatos, en mi mundo, son víctimas de unos instintos que no podemos interpretar a cabalidad. ¿Es verdad que son ofrendas o son una manera de anunciarnos que la ley de la selva es connatural a nosotros?

Siento la realidad de este año como la invasión de las malezas de la selva, bajo la lluvia inclemente. La cotidianidad nos avasalla de desesperanza y deja entrar, en medio de las copas de los árboles, rayos oblicuos que nos despiertan por ratos a una precaria ilusión.

Las fieras nos traen pescados descompuestos a la puerta de la casa. El hedor atosiga. El miedo, como mecanismo de control, nos paraliza y nos vuelve reactivos y poco creativos. El temor al futuro de una nación que se despedazó frente a nuestros ojos. Se descuadernó, para usar el símil de Lleras Restrepo, un humanista y un expresidente liberal. 

El miedo tiene muchas cabezas como la hidra. De repente la gente, cuando pensaba que todo volvía a sus cauces, a esa perorata del maniqueísmo político, encuentra que sus sueldos o ingresos son menoscabados por una inflación real, un incremento sostenido de precios que no es registrado por las agencias del Estado o por el Banco de la República. 

En esas vitrinas del gobierno, con altavoces en los grandes medios de comunicación, se dice a contrapelo de la realidad, que los precios están sujetados. No es así. La inflación de los productos de primer consumo se come los ingresos de las clases media y baja. Hay un desconcierto generalizado: un asunto ocurre en las calles y otros se dicen en los televisores y en el Departamento Administrativo Nacional de Estadística.

Hay un miedo mayor al caer la tarde en Colombia. La inseguridad se desbordó por las esquinas, veredas y barrios, que parecen en manos de la delincuencia. ¿Qué ocurrió con la Policía Nacional?

La desconfianza es casi total con una institución que se acostumbró a violar los derechos humanos de los ciudadanos. Hace pocos días violentaron a un funcionario del Inpec, y así hay relatos diarios de los ciudadanos.

A julio de este año, por ejemplo, luego de las manifestaciones populares fueron documentados 4.687 casos de violencia policial: 1.671 casos de agresión física, 82 personas con daños oculares, 28 víctimas de violencia sexual, 228 disparos de armas de fuego contra los manifestantes, entre otros casos, para configurar una estadística de horror.

La Policía Nacional, tan respetada antes, se convirtió en un pescado hediondo a las puertas de nuestras casas. Las fieras de la realidad nos traen sus presas descompuestas.


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