l
Opinión / JUNIO 20 DE 2024

Las palabras y la vida

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

«Calla siempre que puedas; habla solo cuando debas hacerlo y hazlo con pocas palabras», proclamaba el filósofo Epicteto en el siglo I. La máxima ha atravesado los siglos y no son pocas las transformaciones que han sufrido las palabras y el lenguaje desde entonces, pero el sentido del “menos es más” a la hora de hablar y escribir no pierde vigencia, y por el contrario se hace más urgente en los tiempos que corren. 

Son muchos los contextos y momentos en lo que convendría moderar el impulso de nuestra lengua, aunque al tratarse de una función conectada con nuestras emociones e instintos no resulta una tarea fácil. Responder una ofensa en la calle, tipear en redes sociales algún “estado” o pensamiento, o enviar un mensaje de audio en un momento de exaltación son acciones que pueden traer consecuencias inesperadas y lamentables.

En relación con el lenguaje y las palabras, también nos enfrentamos a lo paradójico y sorprendente de nuestro comportamiento como seres dotados de inteligencia lingüística. El solo hecho de usar las palabras para pensar y reflexionar sobre el lenguaje nos habla de la bella complejidad de esta habilidad humana. De otro lado, la existencia de trastornos, vicios y erratas en el lenguaje oral y escrito configura un terreno que, aunque puede limitarse a especialistas, resulta apasionante si nos asomamos a él. Y es que no hay pureza y perfección en el lenguaje. Millones de años de evolución y el surgimiento de diversas ciencias y disciplinas nos han demostrado que las palabras y el lenguaje son tan inescrutables como el cerebro que les da sentido. 

Lo maravilloso que hemos logrado como especie con el lenguaje muchas veces se escapa al raciocinio. Que un ser humano sea capaz de construir todo un mundo con palabras, y que otro lo pueda recrear al pasar su mirada por las páginas de un libro donde esas palabras han sido impresas, es algo tan digno de admiración como el alumbramiento de un nuevo ser. No es gratuito que se utilice la metáfora del parto para hablar de la escritura y publicación de un libro. 

La lectura, ese acto que muchos creemos dominar, entraña sin embargo más complejidades y misterios de los que alcanzamos a dimensionar. Sus beneficios para el cerebro han sido ampliamente estudiados, y los campos de la neurociencia y la neuroeducación tienen cada vez más revelaciones interesantísimas aplicadas a todos los escenarios de nuestra vida como individuos y a las interacciones en sociedad. 

«El mundo humano, en toda su dimensión, individual y social, se construye no solo a través de lo “vivido”, sino también, y de modo cada vez más influyente, a través de lo “leído”», escribe el doctor en neurociencia Francisco Mora en su libro Neuroeducación y lectura. Por ello al hablar de literatura nos referimos a los “mundos posibles”, esos que se crean con palabras y muchas veces son más elocuentes y estimulantes que la parca realidad. Por ello es posible convencernos de que los libros leídos también son la vida.      
 


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

copy
© todos los derechos reservados
Powered by:Rhiss.net