Opinión / JULIO 22 DE 2021

Lector del mundo

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Indagado sobre cómo contribuir a crear más historias lectoras, el ensayista argentino-canadiense Alberto Manguel dio una respuesta que, aunque común, admite diversas consideraciones y matices: habló del ejemplo como lo más importante a la hora de promover el amor por la lectura. La respuesta se la dio Manguel a Consuelo Gaitán, directora de la Red de Bibliotecas Públicas de Bogotá en la actividad de presentación del ambicioso proyecto de la Escuela de Lectores, una de las iniciativas en el marco de la celebración de las dos décadas de la Red.

Nadie como Manguel para hablar de historias lectoras. En los últimos 30 años ha estado vinculado a proyectos que han puesto el foco en lectura y las bibliotecas como claves del desarrollo cultural y social en ciudades de Latinoamérica y Europa. En más de una decena de libros ha expuesto sus ideas y hallazgos sobre ambas cuestiones, incluido el ya clásico e inigualable Una historia de la lectura. En su propia historia como lector, es de los pocos que puede preciarse, quizás junto a Ricardo Piglia, de haber leído de adolescente para Borges cuando ya este era habitante de una ciudad de libros, pero con unos ojos sin luz, como lo expresa en el bello Poema de los dones. Esta y otras anécdotas las recogió en el libro Con Borges, otro gran homenaje a la lectura. Años después le seguiría los pasos al autor de El Aleph al asumir la dirección de la Biblioteca Nacional de Argentina. En Colombia Manguel presidió el jurado del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, certamen que durante cinco versiones revitalizó el panorama del género en el que brilló nuestro Nobel.  

Bibliófilo y errante, Manguel ha escrito que «toda biblioteca es autobiográfica», y ha convertido el trasegar con sus libros en un capítulo precioso de su vida y su obra. De Canadá a Francia, a un presbiterio medieval, y de allí a Nueva York, sus 40.000 volúmenes han acumulado kilómetros, polvo, historias y relecturas. En Mientras embalo mi biblioteca, quizás su libro más testimonial y entrañable, da cuenta de esa errancia bibliófila y discurre sobre otros temas conexos al universo de las bibliotecas y la literatura. En una de las digresiones nos dice: «toda literatura es acción cívica; porque es memoria. Toda literatura preserva algo que de otra manera desaparecería con el cuerpo del escritor. Leer es reclamar el derecho a esta inmortalidad humana, porque la memoria de la escritura es totalizadora e ilimitada». 

En 2020 decidió finalmente donar su biblioteca al Ayuntamiento de Lisboa e instalarse en esa ciudad para dirigir el Centro de Estudios de Historia de la Lectura, proyecto envidiable para un pensador que en su madurez continúa entregando sus ideas y conocimiento con generosidad. Fue desde Lisboa que se conectó para elogiar la Red Nacional de Bibliotecas Públicas de Colombia, la iniciativa de la Escuela de Lectores de Bogotá y recordarnos que «cuando la lectura sea tan natural como respirar, seremos quizás una mejor sociedad, un poco mejores ciudadanos».


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