Opinión / NOVIEMBRE 26 DE 2020

Leer e ignorar

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Es un domingo por la tarde, plaza Bolívar de Calarcá, pico de la pandemia. Estoy en la fila de un cajero automático donde varias parejas con sus hijos esperan para retirar uno de los subsidios que entrega el gobierno. Detrás de mí una muchacha le pregunta a otra “cuánto le llega”, y se queja de que haya personas que se demoren por no saber cómo funciona la aplicación para el trámite. Aunque la muchacha no usa precisamente esta expresión, pienso que es “los atropella la tecnología” la que habitualmente usamos en esos casos, sin reparar que la gran mayoría de personas que tienen derecho a ese subsidio han sido históricamente atropelladas, y no solamente por la tecnología. 

Me fijo en las señales que indican dónde debemos estar parados en la fila para conservar la distancia social y no cargarle toda la responsabilidad al tapabocas. A duras penas se conserva el metro de distancia y algunas personas, haciendo la fila o alrededor, llevan el tapabocas de la barbilla al cuello, o colgado en una oreja. Nos resistimos a estar distanciados por algo que no vemos y tal vez por eso también nos hacemos los de la vista gorda con las señales que nos advierten del riesgo.

En ocho meses nuestros hábitos y costumbres de relacionamiento han cambiado drásticamente, y hay señales en todo lado que ya no queremos leer porque nos recuerdan que no somos invulnerables, y que el roce con otra piel o una partícula de saliva, considerados hasta hace tan poco inofensivos, ya entrañan un riesgo mortal. Peligro, humano. 

Como todo trastorno o fenómeno que altera el devenir de las sociedades y desestabiliza la manera como sus individuos piensan y se comunican, la pandemia ha acelerado cambios que ya venían insertándose de a poco en nuestras cotidianidades. Uno de ellos es la hiperseñalización de los espacios públicos y la necesidad de estar más atentos a la lectura que hacemos de nuestro entorno. 

En el ensayo Letrismo en la época de la covid19, publicado en el muy recomendado portal Jardín LAC —Lectura, arte y conversación en [y para] el espacio público—, el docente e investigador catalán Daniel Cassany plantea algunas ideas muy pertinentes sobre la forma como estamos leyendo y escribiendo la inmediata realidad pandémica. 

Sobre lo que implica la saturación de señales en los espacios públicos dice Cassany: “La calle hoy es un lugar mucho más letrado que meses atrás; es un espacio más codificado para el transeúnte y mucho más complejo para el analfabeto. Que esas indicaciones sean símbolos sencillos o iconos que reproducen siluetas de objetos reales no siempre favorece la comprensión, puesto que siguen una lógica alfabética que hay que aprender en la escuela y que algunas personas pueden ignorar”.

Y no se trata de que su condición de letradas haga a las personas más prudentes y responsables, pues que sepamos leer o descifrar esas señales no significa que estemos dispuestos a atender las prohibiciones que expresan. A estas alturas preferimos el riesgo, ignorándolo todo.  


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

copy
© todos los derechos reservados
Powered by:Rhiss.net