Opinión / JUNIO 24 DE 2022

Leer y escribir en democracia

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En julio de 1980 visitó la isla de Cuba un grupo de 56 abogados colombianos. La excursión incluía a 23 manizaleños, entre ellos el entonces director de La Patria, Augusto León Restrepo, y este servidor, cuyo título de letrado fue habilitado por carecer de él, como una condescendencia de los organizadores. Para entonces, las visitas al paraíso caribeño del ron, el son y la rumba, sólo eran permitidas para grupos. La estadía nuestra fue de nueve días, minuciosamente programados por el ente oficial encargado de la actividad turística.

Desde la salida de Manizales, en los vuelos, los hoteles, los restaurantes, los espectáculos musicales, el transporte terrestre…en todo, Augusto León y quien esto escribe fuimos mancornas. Uno de esos días estaba programado asistir el grupo, dada su condición de abogados, a una audiencia pública en la que se juzgaba a un tipo que le había prendido fuego a la cama mientras su mujer dormía. Interesante el caso, porque indudablemente el hombre “ardía” de amor por su mujer, pasión que quería transmitirle rociándole gasolina y arrimándole un fósforo. A mi compañero no le gustó el tema, y consiguió autorización para cambiar ese evento por una visita a la Asociación de Periodista de Cuba, aduciendo su condición de director de un diario colombiano; y me incluyó como periodista. Otro título de ocasión. El presidente de la organización gremial nos atendió muy amablemente, como a colegas extranjeros de visita en su país. Cuando supo que no conocíamos la ciudad, nos puso a disposición un automóvil, con conductor; o manejado por nosotros, para garantizar absoluta libertad de ver lo que quisiéramos y hablar con cualquier persona, sin ninguna restricción. Aceptamos la oferta con conductor, quien resultó ser idéntico a nuestros costeños, musical y chévere. Silbó música caribeña todo el tiempo, mientras tamborileaba en el timón y describía los lugares por donde pasábamos, con su contenido histórico y la cuota de exaltación a Fidel Castro y su régimen socialista. Al regresar a la sede de la APC, su presidente nos tenía a cada uno como regalo un voluminoso paquete de libros, todos escritos por comunistas, sobre personajes y teorías comunistas, editados por entidades oficiales del régimen comunista. Unos verdaderos “ladrillos”, además muy pesados. Cuando llegamos al hotel, me puse a mirar ese paquete de libros, que me parecían horribles, y a calcular el espacio en la maleta y le propuse al compañero: -Augusto León, si quieres te cedo estos libros, para que se los lleves de regalo a los periodistas de La Patria, y no llegues a la oficina manivacío. Con agilidad mental, me contestó: -Muy querido, Chepe…, y ¿por qué no me los regalas puestos en Manizales? 

Escritores y lectores, en los países democráticos, tienen el privilegio de escoger temas y autores. No hay quemas de obras espulgadas en las bibliotecas por esbirros de ayatolas, nazis, franquistas, estalinistas, inquisidores y dictadores tropicales. Tampoco el fanatismo ideológico impone a los estudiantes aprenderse y recitar de memoria obras escritas por los ideólogos de cabecera de absolutistas políticos y fundamentalistas religiosos. En otros tiempos existió el “Índice”, creado por el fanatismo, que anatematizaba obras literarias “contrarias a la fe y a la moral”, según sus postulados. Paradójicamente, eran las más leídas.


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