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Opinión / JULIO 10 DE 2024

Más allá del amor romántico

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Amar provoca un gozo permanente que estimula formas de ver la vida mucho más honestas y sensibles. Reviste el existir de una flexibilidad provechosa, elocuente, fulgurante. Regocijarse en el amor es tener la oportunidad de explorar el momento, rindiéndose al presente.

El amor, en su esencia, transforma nuestra percepción del mundo, creando una conexión profunda con lo que nos rodea. Nos invita a ver más allá de nosotros mismos, a encontrar significado y propósito en la compañía y en la construcción de un futuro compartido. Amar, por lo tanto, se convierte en una experiencia que trasciende lo individual y nos lleva a una comunión más amplia con la vida.

Aporta, en su máxima expresión, una flexibilidad única a nuestra existencia. Esta elasticidad no solo nos permite adaptarnos a las circunstancias cambiantes de la vida, sino que también nos dota de una capacidad renovada para enfrentar desafíos con una actitud más abierta y resiliente. El amor puede reconfigurar nuestras experiencias, permitiéndonos centrarnos en lo positivo y transformando nuestra narrativa personal en una llena de esperanza y gratitud.

El gozo permanente que el amor genera se manifiesta en una vida más plena y significativa. Este gozo no es una mera sensación pasajera, sino un estado continuo de aprecio y maravilla ante la belleza de estar vivos y conectados con otros. La honestidad y sensibilidad que el amor fomenta se reflejan en nuestras acciones y decisiones diarias, promoviendo relaciones más auténticas y enriquecedoras.

Rendirse al presente implica una entrega total al aquí y ahora. Este acto de rendición no es una señal de debilidad, sino una muestra de fortaleza y sabiduría. Vivir en el presente nos permite saborear cada instante, apreciar cada pequeño detalle y encontrar alegría en las cosas simples. Esta perspectiva nos invita a abrazar lo que estamos experimentando con una mente abierta, con una corporalidad dispuesta, reconociendo la particularidad en lo cotidiano y en lo extraordinario.

Porque, en este existir moderno, donde a menudo nos encontramos atrapados en la rutina y en las preocupaciones del futuro, el amor actúa como un ancla que nos devuelve al momento presente. Nos recuerda que la verdadera riqueza de la vida no se encuentra en la acumulación de bienes materiales o en la consecución de logros externos, sino en las conexiones profundas y significativas que cultivamos con quienes nos rodean. Este sentido de presencia y conexión nos permite experimentar la vida de una manera más plena y auténtica.

El amor también nos enseña a ser más compasivos y empáticos. Al abrirnos a los demás, aprendemos a ver el mundo desde diferentes perspectivas y a comprender las experiencias y emociones de otras personas. Esta empatía nos hace más humanos, fortaleciendo nuestra capacidad de construir puentes y de encontrar puntos en común en un mundo a menudo dividido por diferencias superficiales. La compasión que surge del amor mejora nuestras relaciones personales sino y tiene el poder de transformar nuestras comunidades y sociedades en lugares más inclusivos y solidarios.
 


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