Opinión / ENERO 20 DE 2022

Mensajes

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Durante un tiempo me resistí a la mensajería instantánea. Cuando el embeleco del Blackberry y el “dame tu pin” definían el “estar in”, yo seguía “out” ejercitando mis pulgares con el Nokia 1100, pero no para enviar mensajes, sino jugando “culebrita”. Más adelante pude tener un celular un poco más inteligente que me permitía llevar un centenar de canciones para escuchar en cualquier parte. La “culebrita” fue reemplazada por una versión pirata del Mario Bros clásico y poco a poco el aparato se fue convirtiendo en un aliado para lidiar con el tedio. Poco reparaba entonces que el dispositivo en mi bolsillo era un teléfono, y su funcionalidad original era la comunicación: recibir y hacer llamadas, enviar y recibir mensajes. También las cámaras incorporadas empezaban a ser los complementos ideales y se iniciaba la “era de la selfie”, el crecimiento exponencial de las Redes Sociales, la compulsión por registrar, “editar” y publicar nuestra realidad al instante. Lo anterior parece muy lejano, pero ocurrió hace apenas poco más de una década. 

Con WhatsApp la relación también empezó tarde. Cuando todo el mundo hablaba de grupos y “cadenas” yo apenas empezaba a usar el Messenger de Facebook y así estuve hasta que los asuntos laborales me empujaron a ponerme al día con la mensajería instantánea. Aun me cuesta asimilar la idea de tener que responder mensajes al instante y “estar disponible” a toda hora, me parece algo delirante reprochar y que me reprochen por “dejar en visto”, evito al máximo enviar notas de voz de más de un minuto y aprieto los dientes cuando las recibo.

El aparato en nuestro bolsillo es por supuesto una herramienta fundamental, aunque a veces alrededor de su función como dispositivo de comunicación surjan contradicciones. Hay días en que en lugar de una seguidilla de notas de voz por WhatsApp preferiríamos el hilo de una conversación telefónica; otras veces una llamada entrante es casi una “violación a la intimidad”, y dejamos que timbre cien veces hasta que la persona al otro lado opte por dejarnos el mensaje o escribirnos al WhatsApp; creamos “grupos” para afianzar amistades o acortar distancias y terminamos enemistándonos por compartir contenidos que hieren susceptibilidades; revisamos cada minuto si la persona que nos desvela está en línea, pero sentimos pavor cuando vemos que nos está “escribiendo”; ensayamos mil fórmulas creativas y cariñosas para saludar o despedirnos, y en últimas optamos por un gastado emoji; y así se nos van los días, tratando de ser más directos y eficaces al comunicarnos, sobreviviendo a la marea de datos y contenidos, y en ocasiones sintiéndonos cada vez más solos e incomunicados.  

No uso Telegram, pero me resulta entrañable su logo del avión de papel. Escribir un mensaje en una hoja, armar con ella el avión y echarlo al vuelo con la esperanza de que alcanzara el destinatario es un recuerdo que algunos pueden conservar de la escuela y los días de infancia. Por fortuna esos días tienen un lugar en la memoria, y no precisamente del celular. 


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