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Opinión / JULIO 10 DE 2024

MIS 500

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Hace pocos meses tuve el agrado de conocer en Armenia a la escritora quindiana, Gloria Chávez Vásquez, residente en Nueva York desde los años setenta, con quien tuve de tiempo atrás esporádicos diálogos virtuales. Durante una grata cena, compartimos información, impresiones, opiniones. Entre generalidades, algo anoté acerca del acento cubano de su español, lo cual nos llevó al tema de la presencia latina, en particular cubana, en la metrópolis, durante las últimas décadas del siglo XX, aludiendo de paso a la llegada y atormentada permanencia del escritor Reynaldo Arenas, víctima directa de la dictadura de los Castro. Gloria -indagué, dando un giro a la plática-, relaciono fechas y circunstancias. ¿Por Ventura, conociste en la Nueva York años setenta-ochenta, a un periodista colombiano, paisa, quien ocasionalmente remitía notas a El Espectador? Con tan precarios datos, la respuesta de la escritora fue instantánea: ¡Luis Carlos Giraldo! Nuestra mutua emoción al descubrir la coincidente cercanía con el nombrado, añadió interés a la conversación. -No solo lo conocí; fui amiga cercana; de hecho, cuando decidió formalizar una relación con quien sería en adelante su compañera, yo les cedí el apartamento que habitaba, en Queens, con toda su dotación. Allí, incluso, recibió al hijo mayor de la familia que dejó en Colombia. 

Traigo a cuento la anécdota para dar relieve a la sincronía: las notas periodísticas de Luis Carlos Giraldo, por ser esposo ausente de una cercana y muy querida allegada a mi familia, eran leídas con admiración, en Bogotá, por este devorador de prensa escrita, quien desde su época de estudiante de bachillerato prefería invertir mesadas escolares en ediciones de los diarios capitalinos. Otro sazonador del sincrónico pastel: mientras ustedes, lectores, leen mis líneas, estaré cuál nostálgico fisgón en el vecindario que él habitó, distrito de Queens, Nueva York, dando más contenido al siguiente asunto:

Nadie diferente a este opinador y a sus afectos más cercanos, celebrarán con ruido la presente fecha. El registro de artículos publicados en La Crónica, de mi autoría, marca  al día de hoy, la redonda cifra de 500, incluyendo el presente. Llegar a esta meta intermedia, tras más de una década de persistencia, primero quincenal, luego semanal, solo incumplida en muy contadas ocasiones, produce en mi sentir, además de asombro, una satisfacción enorme. La expresión escrita, en uso de libertades, difundida por un medio de prensa sobreviviente entre afugias propias de la época, adquiere especial significación. Si algo garantiza la vigencia plena de la democracia, es la libertad de pensamiento y de expresión. Por preservar este bien social, vale la pena cualquier lucha, cualquier sacrificio. Por gracia, la sociedad quindiana ha contado durante más de tres décadas, con un defensor, al tiempo estricto observante, de la misma. Doy fe del respeto guardado por el medio que nos acoge hacia el pensamiento de sus colaboradores.

En lo personal, no cuento con méritos diferentes a mi título profesional de Contador Público, al desempeño de labores constructivas, industriales, independientes, sin mayor éxito material, ni con logros literarios de especial relieve. Soy un colombiano del común, distinguido apenas por el aprecio que me dispensan fieles y pacientes lectores, a veces partícipes, otras contradictores, de opiniones, de posturas ideológicas o políticas, de mi particular manera de observar y comentar. Me adscribo a una generación llegada al mundo mediando el siglo XX, con su carga de conflictos, de bruscos cambios de paradigmas y referentes en todos los órdenes, de avances tecnológicos deslumbrantes, de reducción de distancias.

Evoco al ya fallecido Luis Carlos, junto a otros aportantes de la afición a las letras: mis profesores de español, Miguel Calderón y Humberto de Castro, ambos en su momento inspiradores ejemplos, en esta feliz ocasión. A ellos, a mi amigo, Ángel Castaño, vinculado en la actualidad al diario El Colombiano, perenne gratitud.
 


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