Opinión / OCTUBRE 28 DE 2021

Neurodiversidad, más acá que allá.

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“La neurodiversidad puede ser tan crucial para la raza humana como lo es la biodiversidad para la vida en general. ¿Quién puede decir qué tipo de cableado resultará mejor en un momento dado? La cibernética y la cultura informática, por ejemplo, pueden favorecer una mentalidad algo autista”. Con esta afirmación de la socióloga Judy Singer en 1998, intentaba reivindicar la condición autista demostrando, con su testimonio, de que las personas que están clasificadas en algún nivel del Espectro autista no tienen por qué padecer el hecho de que ser diferente sea asociado a discapacidad. 

Esa primera expresión —por lo menos pública— del concepto de neurodiversidad acogido después por la psicóloga Devon MacEachron (PhD), quien le dio un mayor alcance y cubrir con él la dislexia y el trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH); además, fue más allá al considerar que esos pensadores excepcionales, los neurodiversos, serían una expresión “de nuestra evolución como especie”, porque “Los genes del autismo y el TDAH no son errores sino más bien el resultado de variaciones en el genoma humano y de nuestra evolución como especie, que tienen y seguirán teniendo ventajas para nuestra sociedad”.

En 2011 Rayna Rapp, Universidad de New York, como cabeza de un grupo de neurocientíficos y psiquiatras epidemiólogos, llevó a cabo una investigación con personas que habían sido diagnosticadas con dislexia, TDAH, déficit de atención, síndrome de Tourette, Trastorno del Espectro Autista, epilepsia y otras particularidades más, fueron sometidas a estudios de neuroimagen comparativa con un grupo control. En esa exploración no encontraron diferencias significativas en las estructuras del cerebro entre quienes tenían un diagnóstico y los que no. Después de eso intensificaron los análisis de otros aspectos más para afinar la investigación. Resultado: nada que evidenciara diferencias estructurales en la población estudiada. 

A partir de allí, el equipo de científicos concluyó que lo que había de diferente entre la población con particularidades neurológicas respecto a aquellos que no presentaban diagnóstico alguno, estaba más en los neurocircuitos y la forma en que la información y los estímulos son procesados por el cerebro de estas personas. Así el concepto de neurodiversidad a partir de ese momento se hace oficial y se establece como una categoría para nominar aquellas particularidades con las que el cerebro procesa todo lo que le rodea y gestiona para responder a los estímulos que le asedian cotidianamente.

Por lo anterior el concepto de neurodiversidad no sólo abarca los trastornos ya enunciados, cubre también la agudeza sensorial y cognitiva que hace que ciertas respuestas sociales, vinculares, afectivas y experienciales se aparten de lo clásico y ortodoxo, que no significa discapacidad. Lo que hay es una diferenciación entre cómo se gestionan los estímulos y en cómo ellos se expresan en acciones que divergen de lo esperado culturalmente. 

Así pues, vivir y tener experiencias sensoriales y racionales que podrían caer en la patologización, aun sin los elementos suficientes para esa categoría —tampoco para esoterismos—, tienen que despojarse de prejuicios y dejar que las personas las integren a su cotidianidad, se familiaricen con ellas y dejar la alternativa a la neurodiversidad como una particularidad neurológica íntima y personal, acompañada de la comprensión íntima, parental, relacional, social y educativa.


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