Opinión / NOVIEMBRE 18 DE 2010

No hay silencio que no termine

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Teniendo como pretexto la parte final de un poema de Neruda, Íngrid Betancourt ha publicado un libro (1)  deslumbrante , que el lector lee con premura  y enorme desasosiego.
Debo señalar que aquí en esta nota me limitaré a reseñar, pues por razones laborales, no haré  referencia  a sus posturas políticas o a las polémicas que viene generando por todas partes.

La  calidad  de su obra es indiscutible y en la ex candidata a la presidencia, encontramos una narradora  aguda e inteligente, que elabora una prosa  elegante , hilvanada, ajustada a los cánones más rigurosos. Su libro es —de lejos— el mejor  en la ya grande saga  de publicaciones  de ex secuestrados.  

Seis años y medio en las condiciones  más deprimentes posibles, van desfilando con meticulosidad de relojero, lo que destaca la prodigiosa memoria de la autora. Allí está el sufrimiento en todas las formas más refinadas, las grandes jornadas a pie por la selva, las cadenas  y la descarnada condición humana que llega a límites insospechados. Todo pasa por  esta obra dantesca, en donde cabe un aire de oración, una bocanada de  espiritualidad y una esperanza de amor al final del túnel.

Íngrid  hizo varios intentos de fuga, malogrados, los cuenta al detalle y la piel se eriza.
De pronto irrumpe un capítulo, el sexto por ejemplo, rememorando la muerte de su padre, el doctor Gabriel Betancourt  Mejía: “Marzo 23 de 2009. Estoy sola. Nadie me mira. Al fin estoy sola conmigo misma. En estas exquisitas horas de silencio, me hablo y recuerdo. El pasado, inmóvil e infinito, se esfumó. No queda nada de él. ¿Entonces por qué siento tanto dolor? ¿Por qué este malestar sin nombre? Recorrí el camino que me había propuesto y perdoné. No quiero quedar encadenada al odio ni al rencor. Quiero tener derecho a vivir en paz. . . Hoy hace exactamente siete años papá murió. Estoy  libre y lloro. . . (página 111) 

Desde el primer momento, su compañera de cautiverio fue Clara Rojas, retratando  las fisuras que surgen en la relación amistosa, hasta  llegar a momentos difíciles, tirantes. Es inevitable que ello ocurra: “Una tarde al volver de los chontos, vi a mi compañera esconder algo en su bolsa con un movimiento precipitado. Por curiosidad y como en broma quise averiguar qué escondía. Descubrí estupefacta  que había comenzado a consumir nuestras  reservas de queso y vitamina C. Me sentí traicionada. Eso reducía notablemente nuestras posibilidades de éxito. Pero sobre todo creaba un clima de desconfianza entre nosotras”. (Página130). Aún así,  Íngrid no revela el nombre del papá   de Enmanuel, pero  en la página 236 es el propio Joaquín Gómez  quien  habla de  la solicitud de permiso de Clara para tener un hijo, reveindicando  sus derechos como mujer.  

Los pequeños radiecitos que funcionaban de milagro —según la narración— hacía posible mantener la ilusión en la liberación  y las voces de la madre y los hijos, le daban aliento a su sufrimiento sin límites. El papel de la radio se ve recompensado pues  fue y es el hilo conductor de un destello de ilusión y esperanza.

El encuentro  con Luis Eladio Pérez fue un bálsamo de alegría, paz y camaradería que hizo posible una intensa colaboración mutua, máxime cuando algunos de sus compañeros no fueron los suficientemente solidarios. Y la relación con Marc, uno de los norteamericanos, que surgió  de los apoyos mínimos, siguió con una seguidilla de cartas clandestinas y terminó con el anuncio de un romance futuro: “-Pueden separarnos pero no nos pueden impedir pensar el uno en el otro- me respondió. Un día seremos libres y tendremos otra noche como esta bajo esta misma fantástica luna. Será una noche hermosa y ya no será  triste”. (página 645)

Y la libertad llegó  como se conoce  y la versión de Íngrid también aparece en esta obra.
Aferrados a una miseria cotidiana, Íngrid ha surgido a la vida para contar este milagro, condensado en 710 páginas que acabo de leer,  y que recomiendo  a todos los lectores.

(1)Íngrid Betancourt. No hay silencio que no termine. Editorial Aguilar. 710 páginas. Septiembre 2010.Bogotá.

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