Opinión / AGOSTO 22 DE 2021

Nos dejamos coger ventaja

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Pasaron 16 meses para que los aficionados del fútbol en Colombia pudieran regresar a los estadios. Para un hincha de raza fue una eternidad. Pero solo bastó con abrir puertas para que reaparecieran los desórdenes, como los protagonizados por hinchas de Santa Fe y Nacional en Bogotá o de Millonarios en Manizales.

¿Tanta espera para volver a lo mismo?

En un país que ama la polarización y que odia a cualquiera que no se radicaliza –llamándolo tibio, por ejemplo- aparecen gritos desde diferentes orillas.

Por un lado, los críticos dijeron que el fútbol es una gaminería, que está en manos de desadaptados, que hay que acabar con las barras porque están compuestas por malandros.

Al frente, dijeron que aprovechar los desmanes para tildar de violentos a todos los hinchas es una postura desproporcionada. Que por qué en vez de condenar no se ataca el problema estructural.

En medio del cruce de acusaciones se conoció, por ejemplo, que el área de mercadeo del Deportivo Pereira defendió el alto precio de su boletería con el argumento de que así se busca mayor seguridad para los compromisos. El mensaje, clasista y elitista, fue contundente: los pobres son los que generan la violencia. 

Entonces, para muchos que no le jugamos a los extremos, nos luce que hay algo de verdad y algo de mentira en esos argumentos.

Sí estamos cansados de que delincuentes aprovechen los partidos para pelear y matar, o de que se atraque a diestra y siniestra en las afueras de los estadios. Claro que estamos cansados de esos barristas que se esconden en su organización para poder extorsionar y dañar.

Cómo no estar cansados si muchos aprendimos el fútbol de otra manera. Nunca olvidaré a aquel hincha de Santa Fe que en los 90, en el Centenario, me amenazó que si Quindío lograba empatar en el primer tiempo no me daría del pollo que llevaba en su maleta. Aquella tarde el juego terminó 2-2 y el santafereño no cumplió su amenaza, ya que, a pesar del empate, el hombre, que venía de Bogotá exclusivamente para ver el juego, me dio un pernil con papa y gaseosa.

Claro que el gobierno ha sido lento y poco efectivo en la contención de los violentos, pero no es cierto que todo hincha sea sinónimo de violencia. Y no es asunto de pobres o de ricos, esto es de violentos y pacíficos. 

Por eso es que estamos cogidos de la tarde para cerrarle definitivamente la puerta a los que protagonizan hechos violentos. Que esos desadaptados respondan ante la justicia, que se les prohíba la entrada a los estadios.

Para eso es urgente carnetizar a los hinchas. En buena hora, la afición del Deportes Quindío se está moviendo en esa dirección, así se puede ejercer mayor control, desde adentro y desde afuera, en aras de salvaguardar la vida y el espectáculo.

Y que valga la felicitación por el comportamiento ejemplar que han demostrado, hasta el momento, los barristas del Quindío. Se vienen partidos sensibles –Once Caldas y Pereira-, es hora de seguir callando bocas con decencia.


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