Opinión / MAYO 27 DE 2022

Para que entiendan

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En la medida que el humanismo se aleja del manejo de los destinos de las sociedades, para dar paso al pragmatismo monetario, norte y guía de los administradores públicos, se devalúan conceptos y principios éticos, para dar paso al dinero como supremo bien.

Entonces, para demostrar la importancia de cualquier cosa o de cualquier idea, hay que poner el asunto en plata blanca. Bajo esa premisa, se requiere comprobar, por ejemplo, que la paz es un buen negocio, rentable y próspero, para que los gurús financieros la acepten como un bien público, de amplio alcance y beneficio social.

Magna tarea sería calcular los costos de las guerras que han padecido los colombianos a partir del grito de independencia, comenzando por el endeudamiento con los inversionistas europeos, a quienes se les empeñaron recursos naturales, especialmente el oro, como garantía de pago de las deudas contraídas con ellos para financiar la guerra. Algo así como “ventas a futuro”, como las llama la jerga económica, con la diferencia de que los recursos recibidos, en plata o en especie (armas) convertidos en equipos, bastimentos, municiones, uniformes… se volvieron, literalmente, humo. Para consuelo, la independencia por lo menos fue una causa noble.

Tampoco existe en los registros económicos y financieros de la Nación información más o menos confiable sobre los despilfarros que causaron las guerras civiles a lo largo del siglo XIX, cuando los asuntos ideológicos que definirían la estructura política del Estado, a la par con modelos estructurales, inspirados en filósofos y estadistas griegos, romanos, anglosajones, germanos y otros de su estirpe, se resolvían con guerras entre contradictores, financiadas con recursos que hubieran sido trascendentales para el desarrollo del país, de haberse invertido en infraestructura vial, tecnología agroindustrial, educación para la productividad, comunicaciones y otros, distintos al bla, bla, bla de los “caudillos del desastre”, que confrontaron fanatismos estériles, religiosos y políticos. La última de tales guerras “ideológicas”, la de los Mil Días, dejó al país en la ruina.

Después de unos gobiernos progresistas, emprendedores y visionarios, apareció el espanto de la violencia política, azuzada por políticos intelectualmente muy brillantes, pero sectarios hasta la irracionalidad. Las pérdida económicas, especialmente en el agro, fueron enormes. El país sobreaguó gracias al empresariado comercial, industrial y financiero, y al buen manejo de hacendistas públicos sobresalientes. Pero el costo de la guerra no declarada fue incalculable, en términos de parálisis del desarrollo y el avance económico.
Recientemente se vio cómo, de un año para otro, después de desmovilizarse las Farc, creció la productividad agrícola y aumentó la inversión; además de reducirse el costo de atención a víctimas en instituciones cuyas estadísticas son relevantes, como el Hospital Militar de Bogotá.

Si sacan sus calculadoras los señores de los equipos económicos oficiales, y los dirigentes políticos de influencia, pueden determinar cuánto puede valer la paz y la buscarán sin mezquindades, falsos moralismos y argumentos leguleyos, aceptando que la paz se negocia con enemigos. Con los amigos no es necesario.   


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