Opinión / JULIO 02 DE 2022

Políticamente circunstancial

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La condición humana es ambigua. Las tales purezas y esencias son negacionistas de lo humano. Como seres finitos no podemos alejarnos de la ambigüedad, hacerlo implicaría la promoción de la destrucción humana en la instalación de determinismos. Profesar supuestas “naturalezas humanas” o “esencialidades culturales o políticas”, abre paso a la destrucción. Como humanos no somos ni buenos ni malos por naturaleza. Dice Joan-Carles Melich, filósofo español, “Uno no es humano porque sea una buena persona, sino porque nunca lo es completamente” (2010). 

La presencia de ambigüedades, de antagonismos, contradicciones, dudas, entre otros indeterminismos, es lo más propio que tenemos como humanos. No hay completitud ni libreto establecido en las decisiones, actuamos y decidimos en la medida de los acontecimientos. En diferentes niveles de nuestra vida estamos buscando, haciendo las acciones que cometemos, sea en lo personal, familiar, laboral o también en el ámbito político. 

Acusamos de falta de coherencia algunas decisiones, que no se corresponden con los presupuestos anteriores enunciados, como si los enunciados pasados determinaran estrictamente los enunciados presentes y futuros. No es cierto que la historia pasada prevea o fije la trayectoria futura. “No es lo categórico ni lo absoluto, lo claro y lo distinto, la coherencia y la fortaleza, lo que caracteriza fundamentalmente el modo de ser humano, sino lo circunstancial y lo preposicional, lo relativo y lo dativo, lo frágil y lo contradictorio”. (Mélich, 2010) 

La promoción de la desesperanza y el odio está a disposición de quienes profesan la coherencia y el determinismo moral y político. “Es que está torciendo sus decisiones”; “esto tiene gato encerrado”; “es de los mismos, nada diferente”; “procuraremos mantener nuestra esencia”. El sello de la muerte lo lleva quien proclama supuestas esencias, quien señala y acusa la diversidad y diferencia. Las decisiones son dinámicas, por tanto, conviene mejor exigir buenas decisiones, no decisiones buenas, exigir el bien en la gente, no la gente de bien. 

La circunstancialidad es lo que más se parece al cambio, a la lógica de la diferencia. La binomialidad de la existencia, el paso de 0 a 1, de apagado a encendido, entre otros, si bien parece generar un ambiente diferente, no refleja lo que está en el fondo del cambio, la transformación. Conviene aprender a ver las tonalidades, las transiciones. 

El escenario político actual promete cambios entendidos como transformaciones, un paso trascendente o que busca trascender en la historia. Esta enseñanza que se ofrece como noticia nacional conviene traerla a las instancias locales, donde están todavía atrincheradas algunas apuestas esencialistas, de todos los colores y lados políticos, ninguno se salva de ello. Lo más coherente que se puede hacer en este momento es actuar en la pauta de la ambigüedad, aprender a manejar las alteridades, convivir en los antagonismos y disensos. Tomarles confianza a las incertidumbres. Pinta bien democráticamente, un pacto del disenso, subirnos a lo políticamente circunstancial. Sería un error continuar en lógicas de oposición per se o continuar promoviendo parroquialmente unidad bajo un mismo color político.  


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