Opinión / NOVIEMBRE 30 DE 2020

Por quién doblan las campanas

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Seré un iluso que todavía cree en pajaritos preñados, que sueña imposibles, o un despistado que cree en la paz, que cree en cualquier cosa, menos que la sangre en los caminos, es la solución a nada, en el estado fallido en este Estado fallido. No preguntes por quién doblan las campanas, están doblando por ti, este verso de John Doone, me quita el sueño todas las mañanas, junto con inmortal verso de Neruda, “Paz para los crepúsculos que vienen”. Sueño con mi mujer y con mi hija, en la paz de los pescadores del Magdalena, de los leñadores del Chocó, de los camioneros del alto de La Línea, la paz del vecino y sus amores, la paz del desayuno en la mañana, y también con la paz de los asesinos. Todas las mañanas, me despierto convencido, que los sicarios llevarán el revólver a su funda, como en el mito bíblico, y que ninguna esposa, ninguna madre, ningún hijo, derramará lágrimas, porque los sicarios asesinaron a su ser querido. A Colombia, le está pasando con puntos y comas, lo mismo que en Macondo les pasó a los hijos del coronel Aureliano Buendía, después de firmar la paz bajo un árbol en Neerlandia. Toda su descendencia, marcada en forma indeleble, con una cruz de ceniza en la frente, por el padre Antonio Isabel, en menos de una semana, con disparos que nadie identificó, pero que todo el mundo sabía de dónde venían, fueron exterminados los Aureliano, solo por llevar el estigma de ser hijos del legendario coronel. aquel 26 de septiembre del 2016, me sentí pleno, la luz de la esperanza, empezaba a iluminar mis días, empecé a creer en mi país, en mis maestros, en mis libros. Sentí que el pescador podría pescar tranquilo, que el panadero amasaría el pan sin pensar en las lágrimas de su vecino, sentí que se podría amar sin la zozobra de la sangre en el camino, sentí tranquilas las cuerdas de la guitarra de mi amigo. Sentí a Víctor Jara, cantando en mi ventana “ningún cañón borrará, el surco del arrozal… el derecho de vivir en paz es el canto universal”. Por qué, me pregunto ahora, unos pocos con alma de bala, con voz de cañón, con ojos de ametralladora, con odio en el corazón, siguen pensando, que la solución es matar al que solo quiere vivir. Los seres humanos que ayer con balas defendieron sus pensamientos, hoy son cultivadores de esperanza, amasadores de ilusiones, leñadores de amor, tejedores de sueños. Por qué si hay una Colombia que tiene el derecho a vivir en paz, hay quienes se sienten con el derecho de perpetuar el llanto y el dolor de la sangre derramada. A los colombianos, nos duele el dolor del líder asesinado, del desmovilizado de la guerra, nos duele que la luz de la paz, la estén apagando a balazos, como su fuera el faro del fin del mundo.

Si sientes doblar campanas, no preguntes quién murió, están doblando por ti.


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