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Opinión / ABRIL 24 DE 2024

Reestructurar las ciencias

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En el submundo de las universidades y la academia se viene manifestando desde hace décadas un declive, desplazamiento y crisis de las ciencias sociales humanas. Un referente importante sobre este asunto es el libro Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades (2010) de la filósofa norteamericana Martha Nussbaum. En este libro, a partir de anunciar una crisis mundial en educación debido al desplazamiento de las materias y carreras profesionales de artes y humanidades, se argumenta fuertemente a favor de la importancia de las humanidades en la educación y en las sociedades democráticas. La denuncia de Nussbaum va directamente hacia un enfoque utilitarista de la educación que prioriza la formación técnica y profesional en detrimento de las humanidades, limita el desarrollo humano y socava valores democráticos, al reducir la educación a la mera adquisición de habilidades técnicas. ¿Actualmente, será esto el programa STEM? Hay que analizarlo.

Sin embargo, antes de continuar en una reflexión sobre la crisis de las humanidades y las ciencias sociales, conviene hacer una revisión sobre el origen y desarrollo de las mismas, lo que podemos ver en Immanuel Wallerstein, sociólogo norteamericano, en el libro Abrir las ciencias sociales (1996). Este libro es resultado de la Comisión Gulbenkian que fue integrada por un grupo interdisciplinar de intelectuales que se encargaron de realizar una reflexión sobre el estado actual y el futuro de las ciencias sociales. Allí se plantea repensar y transformar las ciencias sociales para hacer frente a los desafíos del siglo XXI. Propone una perspectiva histórica y global, un enfoque holístico e interdisciplinario, algo ahora más que necesario, indispensable, puesto que los fenómenos y acontecimientos a los que la humanidad actualmente se enfrenta, muy difícilmente se pueden estudiar bajo un enfoque disciplinar compartimentado o desde una sola perspectiva científica. Es así que, este texto presenta una descripción sobre la necesaria reestructuración de las ciencias sociales y humanas para afrontar el compromiso y adaptación de la vida y las sociedades.

Originariamente las ciencias sociales, manifiesta Wallerstein, son herederas del pensamiento moderno desarrollado a partir del siglo XVI, que se caracteriza por “desarrollar un conocimiento secular sistemático sobre la realidad que tenga algún tipo de validación empírica” (p. 4). Desde este momento se vive lo que conocemos como la disciplinarización de las ciencias sociales, es decir, la separación, especialización y diferenciación de las disciplinas, a partir de esa visión moderna de dividir y compartimentar la realidad cuadriculadamente, aspecto bastante problemático y que ha demostrado su ineficacia. 

Hacia finales del siglo XIX la división entre las disciplinas sociales estaba claramente definida: por un lado, se estudiaba el mundo moderno y civilizado, lo que comprendía disciplinas nomotéticas como la Sociología, Economía y Ciencia Política y, la Historia; por otro lado, se abordaba el mundo no moderno, incivilizado, que incluye a la Antropología y los que se denominan en la época estudios orientales. Esta división analítica de las disciplinas sociales se refleja en la organización y promoción de carreras universitarias. Sin embargo, este panorama cambió a partir de 1945 provocando una crisis en esta estructuración de las ciencias sociales. En resumen, este cambio o transformación parte de la ruptura de las compartimentaciones disciplinares y proyecta un escenario académico para siglo XXI que se presenta como sistema complejo, dinámico e interactivo, con una universalidad pluralista que incluye y se abre a voces intelectualmente diversas que ponen en el centro del debate la actualidad epistémica de la misma labor universitaria. 

Entonces, sería mejor reflexionar sobre las transformaciones de las ciencias sociales y humanas, que lamentarnos de su desplazamiento. Al respecto, invitamos a estar atentos de la apertura de la Maestría en Humanidades Contemporáneas en la Universidad del Quindío.


 


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