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Opinión / MAYO 15 DE 2024

Refugios

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Cuando el fuego intenso arde y destruye todo a su paso, no queda más que correr, huir, hacerlo con todo el ímpetu muscular que ofrece la resistencia ante la inevitable extinción. ¡Correr por la vida! ¡Escapar! Encontrar un refugio donde preservar el sonido de la exhalación. Como bestias del bosque en medio de un incendio forestal, buscamos protección cuando nos sentimos amenazados. Necesitamos un terreno seguro. Siempre.

Se relata en la Biblia que Dios, al observar que la maldad ha aumentado en la Tierra, decide purgarla con un diluvio universal. Ve en Noé un hombre justo y decide salvarlo a él y a su familia, junto con una pareja de cada especie animal. Además, le instruye para que construya un arca —un enorme barco de madera con dimensiones específicas— que servirá de albergue durante la catástrofe.

Podría ser que de esta historia extraemos nuestro temor profundo de morir ahogados bajo el agua. Mientras nadamos, contenemos la respiración en cada brazada. Salimos a flote para tomar una bocanada de aire que vuelva a darnos la fuerza de continuar en movimiento. A cada segundo, luchamos por no ahogarnos mientras nuestros remos de carne nos mantienen con esperanza. Buscamos desesperadamente la orilla para sentirnos a salvo.

No obstante, un lugar lleno de líquido es nuestro primer espacio de vida. ¡Quién lo creyera! Para Sloterdijk, el vientre materno representa la primera y más fundamental esfera de la existencia humana, una “burbuja” protectora donde el feto se desarrolla en un estado de simbiosis absoluta con la madre. Este espacio intrauterino es esencial para la formación de la identidad y la experiencia humana, pues es el primer sitio donde el individuo experimenta una sensación de seguridad y conexión total. Aquí no nos sentimos ahogados. Estamos protegidos.

Luego, el refugio más natural es aquel que se asienta en el regazo de una madre. Yo lo buscaba y le llamaba “el rincón”. Me metía allí, en este lugar estrecho, algo incómodo, pero que con los años se hizo tan necesario para cultivar las emociones a través de la calidez maternal. Allí no sentía que los monstruos de la oscuridad me fueran a llevar, ni que la ausencia de mi padre sería algo insoportable.

Mi madre, sin saberlo, fue la titánide Rea —la madre de Zeus— quien, al nacer su hijo, temió que el padre Cronos se lo tragara como había hecho con sus otros hijos. Para protegerlo, Rea ideó un plan. Ocultó a Zeus en una cueva en el monte Ida, en la isla de Creta, que sirvió como refugio seguro para el recién nacido.

Ahora, al crecer, encuentro refugios en donde menos lo creo. Nacen todo el tiempo los “lugares seguros”: personas, abrazos, caricias o simplemente palabras que tocan. Salvaciones que pueden reflejarse en espacios, en miradas o en historias de vida. Recogen y ayudan a escampar. Desde un libro hasta una canción se convierten en protecciones de la existencia frente a los incendios, los diluvios o las amenazas de nuestra propia familia.
 


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