Opinión / JULIO 22 DE 2021

¿Secretaría sin cabeza?

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En agosto de 2019, el escritor quindiano Mario Cárdenas publicó la columna ¿Estímulos sin cabeza? En ella hace un análisis del ¿libro? La inverosímil –pero brutal– historia del pollo sin cabeza y del filósofo que comía papel –y otras vainas narrativas–, de Luis Carlos Clavijo Vélez, ganador de la beca para publicación de la secretaría de cultura del Quindío. Dice Cárdenas: “Al hojear el material, el sinsabor fue evidente: lo que se ve, de primera mano, es un cuadernillo de imprenta, barato, con escaso trabajo de edición, hecho con el menor costo posible a pesar del dinero público entregado. Esto convierte la publicación en una cartilla de hojas fotocopiadas, sin revisión de estilo, con una presentación desencajada, descuidada”. Además de juiciosa reseña de la propuesta estética de Clavijo Vélez, el texto propone un saludable debate sobre las políticas públicas de inversión de las platas destinadas a los menesteres de la cultura y el arte. Ningún eco tuvo, por supuesto. En esta comarca las discusiones se postergan o, de plano, se silencian. 

Recordé el texto de Mario al leer la resolución 3735 en virtud de la cual la secretaría de cultura —obstinada, amnésica— le concede de nuevo la aludida beca a Clavijo Vélez. Un paréntesis: en mis años universitarios frecuenté al autor del Pollo sin cabeza —abrevio la jeringonza del título—. Él, Mario Cárdenas y Andrés Ortegón fueron pupilos de Juan Manuel Acevedo, adeptos de sus lecciones literarias. Con ese grupo conocí el brandy, las cefaleas causadas por el exceso de trago y cigarrillos. Después del grado, a Clavijo y a Andrés les perdí la pista. Uno se fue para la selva, el otro se internó en las calles de Medellín. De los tres, Luis era el súmmum de la rareza: las poses de detective salvaje, la suerte con las chicas y la escritura frenética eran rasgos de su carácter. Cultivaba con esmero una imagen de transgresor, de mordaz. Esto, sin duda, está muy bien —a veces resulta divertido— en la espuma de las tertulias. Por el contrario, aburre, enerva en los proyectos artísticos financiados con recursos públicos. 

Las 75 páginas del Pollo sin cabeza carecen del rigor y el profesionalismo esperados en una obra literaria. En la portada, el título, el nombre del autor y un logo institucional se amontonan con poco respeto por el balance y el diseño. Impreso en una litografía, el ¿libro/fanzine? sufre del talón de Aquiles de las autoediciones: falta de circuitos que permitan su llegada a manos de lectores, críticos, comentaristas. Pollo sin cabeza es una bala perdida. Un desacierto. En este punto, saltan las preguntas: ¿cuáles son las directrices evaluativas de la gobernación del Quindío para aceptar o rechazar lo entregado por los ganadores de las convocatorias? Estoy seguro, el esperpento no habría pasado el filtro en Medellín, Pereira, Cali, Bogotá. Para saberlo basta comparar los productos de las becas de dichas ciudades con el volumen en comento. Incluso, poner el libro al lado del otro ganador de la beca ese año —Bajo el cielo sucio, de José Nodier Solórzano— revela su naturaleza: Pollo sin cabeza es una broma de mal gusto. ¿Qué hará la secretaría para evitar estas tomaduras de pelo? Nada, seguramente.


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