Opinión / ENERO 25 DE 2023

Soy amlo, güey (I)

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Asombrosos, del todo admirables, la paciencia de los espíritus, el aguante de nobles y blandas partes corporales, en periodistas asignados por medios de información a las matinales peroratas del Jefe de Estado mexicano. Igualmente, son difíciles de creer las cifras de sintonía ciudadana con la transmisión audiovisual por los canales estatales. Dos horas o más de vacilante monólogo presidencial, que, por lo inverosímil y cotidiano del ritual, y de quien lo protagoniza, jamás llegaron siquiera a concebir los cultores del realismo mágico, constituyen la columna vertebral de un régimen, cómo decirlo… ¿parlotero?, ¿comunicacionista?, de izquierda, con pocos, muy pocos logros concretos, visibles, y en cambio abundantes fiascos a la vista

¿A quién y para qué eligieron presidente los manitos en 2018, superando el desastre del priista Peña Nieto, señoritingo marido de una renombrada actriz, carente él de aptitud y probidad para dirigir un país de 130 millones de habitantes? ¡Pos a Amlo, güey!, a Andrés Manuel López Obrador, persistente y pendenciero candidato de la izquierda, quien, en su remota juventud y primera madurez, tardó 14 años, con mediocres calificaciones, para titularse en la Unam; creador del hoy partido de gobierno, Morena, exjefe de gobierno de la capital federal. No se crea que la morosidad de estudiante solo aplicó a las aulas. También obra en el discurso. Parapetado en su menguante aceptación, en el atril populista donde pervive como pez en el agua, lanza, palabra a palabra, con taimada parsimonia y sin mecanismo de ráfaga, sus ponzoñosas balas verbales contra todo aquel que se atreva a contradecirlo, a pensar diferente, a expresar divergencias respecto a la dogmática infalibilidad de su criterio. El presidente mexicano, a falta de gestión efectiva de gobierno, informa a su gusto y manera, magnifica avances, oculta yerros u omisiones, califica de malolientes “conservadores”, de corruptos, a sus contradictores. Curioso portavoz de él mismo, cazando peleas, absolviendo o condenando… ¿A qué hora, uno se pregunta, obrará López Obrador, si la mejor hora de actividad intelectiva la desperdicia en insustanciales alocuciones?

Varios hechos marcan la reciente agenda, que definen el talante personal, político, de Amlo, desdibujando su idealizada imagen pública. Por una parte, el respaldo al golpista Pedro Castillo, frente a los luctuosos desarrollos de la crisis peruana, compartido por colegas del ala zurda latinoamericana -léase Maduro, Ortega, y cómo no, Petro-, incluido el asilo otorgado a la familia del hoy recluso expresidente; acto desde luego ofensivo hacia la mayoría de peruanos, respetuosos de la constitución y las leyes. Otro motivo de discordia con gran parte de sus gobernados y con medios independientes, continúa siendo la obstinada obsecuencia con una magistrada del máximo tribunal del país, esposa de un cercano amigo, por casualidad millonario contratista del Estado, quien a todas luces se valió del plagio para su tesis de grado en derecho de la Unam, hace más de tres décadas.


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