Opinión / JUNIO 10 DE 2021

Talismán

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Escribir fue siempre la solución para cualquier problema que tenía. Desde niña le dejaba notas a lápiz a mi mamá para que me diera permiso de ir a jugar a la casa de mi amiga; cuando estaba aburrida, inventaba historias fantásticas y las escribía en la parte de atrás del cuaderno de español; en la universidad llenaba las agendas de relatos, cosas que veía a diario, intentos fracasados de poemas; el perdón y el te amo, por supuesto, eran —y son— más fáciles de decir si los escribía en papel o en mensaje de texto. La escritura ha sido mi compañía desde que tengo memoria: me ha permitido ser. 

A finales de diciembre del 2019, mientras el calor me despertaba en una cabaña con vista al río en Boquía, papá llamó a saludar y a contarme que el frío en NY le estaba calando los huesos. Entre tanto, le conté que continuaba de profe en la universidad y que la otra semana me iba de viaje por el Golfo de Urabá hasta el Chocó. Antes de colgar, me felicitó y dijo que nunca imaginó que yo fuese a ser periodista ni docente. Fue extraño. Entonces, ¿qué pensaste que sería, papá? Abogada, respondió. Siempre creí que serías abogada: desde niña defendías a todo el mundo, no te gustaban las injusticias, discutías con nosotros cuando a tu hermana la regañábamos y tú te ponías a llorar con ella: así te proyecté. Ya ves, papá, no fui. Y colgamos. 

Busqué en la RAE la definición de defender, queriendo hallar algo distinto a lo que ya conocía: amparar, liberar, proteger, mantener, conservar, sostener algo contra el dictamen ajeno. Nada distinto. Sin embargo, esa conversación fue una suerte de revelación para mí. Papá no mentía: llevo veintisiete años defendiendo lo ajeno, lo que no me pertenece, poniendo al mundo por encima de mí y nunca, hasta ese diciembre, lo había comprendido. Estaría mintiendo si digo que son pocas las veces que me he preguntado por qué escribo, por qué cuento historias, por qué terminé siendo periodista, por qué enseño lo poco que sé a través de las palabras. También es mentira que he logrado responderlas.

En medio del caos, de mi caos, me encontré entonces leyendo un libro —un talismán— de la periodista estadounidense Ariel Levy, llamado Vivir sin reglas: periodismo, independencia e intimidad. No sé si es una autobiografía, un diario, una biblia o todas al mismo tiempo. Lo que sí sé es que no soy la única mujer en el mundo que se ha cuestionado sobremanera por ser lo que es y lo que no fue. Eso último, por supuesto, es lo que más pesa cuando naces mujer. En las páginas sagradas, Levy responde inconscientemente a mi penumbra: “Escribir es comunicarse con un íntimo desconocido que siempre está disponible, de la misma manera en la que el piadoso se apoya en Dios”. Cuando escribo, como ahora, no defiendo a nada ni a nadie. Me salvo a mí de la vida misma.


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