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Opinión / FEBRERO 21 DE 2024

Una crítica a la empatía

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Hace algunas semanas, me sumergí en un interesante texto que celebraba la lectura como una herramienta fundamental para la comprensión humana. Bajo el título “¿Cómo dejar de ser uno mismo?”, el autor planteaba con solidez ideas debatibles, entre ellas la noción de que la literatura fomenta la empatía al obligarnos a dejar de lado nuestro ego.

Fácilmente se puede estar de acuerdo con esa premisa, porque recuerdo con mucha empatía a Armand Duval, el desventurado enamorado de La Dama de las Camelias. También porque en la Historia sin Fin, experimenté la angustia de Bastian Baltasar Bux al enfrentarse a la creencia de no poder cumplir su misión, y me adhería a las reflexiones provocadas por las misiones del teniente Shannon en Perros de la Guerra, que despiertan cuestionamientos sobre la soberanía de los pueblos socavada por países occidentales.

Sin duda, los libros nos ofrecen una ventana para comprender la vida. Incluso han fundamentado movilizaciones sociales como lo evidencia Simone de Beauvoir con “El segundo Sexo”, la cual influyó en la lucha por la igualdad de género, pero es en este punto donde nos enfrentamos a la paradoja de la empatía.

Renaud Camus publicó “El gran reemplazo”, una obra que abraza la teoría conspirativa del mismo nombre. La premisa central sostiene un plan para reemplazar a la población europea blanca y cristiana mediante la inmigración masiva desde África y el Medio Oriente.

Fue así como durante la marcha ultraderechista en Charlottesville, EE.UU., en agosto de 2017, los manifestantes entonaron consignas como “they will not replace us” y “the Jews will not replace us”. Estas consignas reflejan la adopción de la tesis por parte de grupos extremistas en su lucha por preservar supuestas identidades amenazadas.

El argumento de Camus hizo que muchas personas tuvieran empatía con las ideas de la xenofobia y la de supremacía blanca, sirviendo de justificación para actos cruentos en países del norte. Esta empatía recuerda a episodios oscuros de la historia, donde algunos alemanes simpatizaban con Hitler y muchos italianos con Mussolini.

Esta paradoja sugiere que la empatía, lejos de conectar con las experiencias ajenas para ser una virtud noble, se ha convertido en una herramienta que los radicalismos utilizan para construir su identidad. Así, la idea original de empatía se ha distorsionado, y en lugar de ser un puente entre emociones y experiencias, se ha vuelto una trampa que colisiona con posturas morales antagónicas.

Así pues, la empatía, esa cualidad humana tan valorada, se revela como una doble espada cuando se examina en el contexto de la lectura y la manipulación ideológica. Por supuesto que son los libros los que nos abren paso a experiencias y perspectivas diversas, que nutren nuestra comprensión del mundo y nuestra capacidad para conectarnos con los demás. Pero es esa misma capacidad la que puede ser aprovechada por agendas extremistas para fomentar divisiones y justificar acciones atroces. Nuestra responsabilidad como lectores de contextos es la de ser conscientes de que no con todo se debe empatizar. Debe hacerse uso de esta facultad de forma ética y reflexiva, a lo mejor, solo de esa forma, podremos aprovechar verdaderamente su potencial transformador.


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