Opinión / OCTUBRE 06 DE 2022

Una puesta en escena

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Ante el anuncio de la reanudación de los diálogos con el ELN, traigo al presente una historia protagonizada por esa organización ilegal. La trama comenzó a gestarse a finales de los 50, cuando hace su aparición el Movimiento de Recuperación Liberal, MRL, (luego revolucionario liberal) bajo el liderazgo de Alfonso López Michelsen quien abogaba por un “Frente Nacional Popular” que hiciera contrapeso al “Frente Nacional Oligárquico” (nacido del pacto entre partidos para alternarse el poder).

Entre sus militantes se encontraban Leopoldo Villar Borda y Plinio Apuleyo Mendoza. En la Primera Convención Nacional del MRL, en 1960, la colectividad envió un mensaje de solidaridad al gobierno cubano: “[…] saludamos con regocijo al gran capitán de la revolución cubana, Fidel Castro, recogemos su heroica lucha como patrimonio y ejemplo del pueblo de América”. El MRL lograría algunos escaños en las parlamentarias de 1960. Pero su gran desafío fue el lanzamiento de López como candidato, en 1962, para enfrentarlo al conservador Guillermo León Valencia. Cuenta en una columna Plinio Apuleyo que llegaron a considerar que, si el triunfo de López no era reconocido, solo cabía la alternativa de la lucha armada. Lo cierto es que Villar Borda (a espaldas de sus correligionarios) logró coordinar con Castro el adiestramiento en Cuba de una treintena de militantes de la disidencia liberal, entre ellos el calarqueño Fabio Vásquez Castaño y el cesarense Víctor Medina Morón quienes, en la isla, lanzaron la consigna “Ni un paso atrás” añadiendo “Liberación o muerte”, lema de Fidel y sus barbudos. Así surgió el ELN, con un discurso radical y un historial de contradicciones internas. 

En enero de 1965, se estrenarían asaltando el municipio de Simacota (Santander). En la toma asesinaron cuatro policías que protegían la población, luego saquearon las arcas de la Caja Agraria y Bavaria. Pero una acción posterior, desconocida por muchos, daría cuenta que estaban dispuestos a todo. El 9 de marzo de 1967, el tren del Ferrocarril del Atlántico cumplía su ruta desplazándose por el valle del Magdalena Medio. En el recorrido entre Puerto Opón y Las Montoyas, Santander, en un paraje bordeado por barrancos, se había montado una emboscada. En un instante, la máquina se descarriló por la acción de dos minas de alto poder. Parapetados, 80 guerrilleros disparaban indiscriminadamente. A su lado, estaba el periodista mejicano Mario Renato Menéndez Rodríguez, quien accionaba una grabadora, mientras su paisano, Armando Salgado, filmaba los más mínimos detalles del asalto. 

La celada fue una acción de propaganda, una puesta en escena en la cual murieron nueve colombianos y siete quedaron heridos. Así, lograron mil pies de película filmada, 75 fotografías y una serie de crónicas para la revista mexicana Sucesos Sensacionales. Una vez se difundió el relato, el teniente coronel Fernando Landazábal Reyes escribiría: “[…] Las publicaciones del periodista mejicano, Renato Menéndez, dejaron ver, entre otras cosas, que ese movimiento era capaz de asaltar un tren, matar gentes y robar dineros, con el único propósito de filmar una película, lo que le quitó el más leve aspecto de altruismo político y lo llevó al puro campo del bandolerismo”. 


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