Opinión / SEPTIEMBRE 23 DE 2022

Validar capacidades y conocimientos

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Las universidades, en sus orígenes, buscaron promover estudiantes avanzados o formar élites. Esa historia nos lleva, necesariamente, a preguntarnos hasta dónde los cambios sufridos por las instituciones de educación superior han girado en torno a sus dinámicas institucionales u obedecidas a factores externos. Así entonces, al fundamentarnos en las grandes amenazas, internas y externas, a las cuales nos vemos sometidos como institución pública, la legitimidad empieza a jugar un papel central, pues los permanentes cambios sociales obligan a repensarnos.

Esta semana, en la alma máter uniquindiana, asistimos a un evento que claramente motiva las presentes reflexiones. Me refiero al Congreso Nacional de Física, en el cual interactuaron estudiantes, profesores, investigadores y profesionales y de cuya reciprocidad se desprenden valiosas enseñanzas, una de ellas la inclusión. Y es que el conocimiento debe ser eso, un acto que permita la inserción directa de todos los actores, ante todo cuando entre ellos se hallan talentos excepcionales.  

Y es que justamente, el camino que seguimos recorriendo para convertir la Universidad del Quindío en una universidad anclada en el territorio, desde el cual se dialoga incesantemente con las experticias ciudadanas y estudiantiles, nos permite estos procesos académicos. Por eso, seguiremos dándole forma a esta estrategia de conocimiento democrático y en la cual también están involucradas entidades gubernamentales como las secretarías de educación del departamento y el municipio; en otras palabras, la múltiple hélice en acción.

Vale la pena recordar, también, en ese reconocimiento de estudiantes excepcionales y en procura de ayudarles a romper las barreras familiares educativas o sociales a las cuales se enfrenten, que el sistema educativo tiene la obligación de abrir rutas especiales de atención en cuanto a permitirles acceso a grados superiores según sus intereses, manejo amplio de su tiempo y todo lo que les facilite potencializar su excepcionalidad cognitiva.  

Pero esa validación de saberes no puede restringirse a quienes están involucrados en procesos de educación formal; es un llamado para que dicha ratificación se convierta en política institucional y la educación superior no puede ser ajena a ese paso, habida cuenta de experiencias exitosas en ese sentido como lo que en su momento se denominó la profesionalización de artistas empíricos, legitimándoseles sus realizaciones estéticas ejemplares.  

Ello no significa alejar la rigurosidad de la formación profesional; al contrario, nos pone en el camino de entender que la autonomía institucional es un recurso legal que nos facilita el encuentro con el contexto, a la par que nos afianza la validación social, objetivo regulador que debe preocuparnos siempre, y en cuya ruta el aprendizaje permanente también tiene efectos comunitarios positivos.

Repensar entonces las condiciones para la oferta de formación universitaria en la región, el país y el mundo, es un impostergable compromiso, resultado de innovar soluciones frente a problemas modernos.


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