Opinión / ENERO 14 DE 2022

Zulima, la antivacunas.

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En los momentos críticos de la pandemia por la Covid-19 conocí a Zulima, una mujer que hace diligencias y transportes en su motocicleta, estacionada en la calle 21 de Armenia. Por una enfermedad que padecía, ella me reclamaba los medicamentos en la droguería. Su relato de vida me interesó: maltratada por sus padres, fue violada por un empresario, denunciado por ella después de años de abuso. El sujeto fue a la cárcel por unos días, pero después lo liberaron. Embarazada de la violación, fue obligada por sus padres, en medio de una crisis depresiva, a casarse con su victimario, un aristócrata cuyabro. Cuenta su historia y sonríe con alegría rota, porque de esa experiencia nació una niña que es la niña de sus ojos.

Me fue narrando los pormenores de su violación continuada en una finca cafetera del Quindío. Odia a su violador, y adquirió un rencor callado contra la institucionalidad y el poder. Es una mujer que aspira, como todos nosotros, a ser respetada y amada, en tanto el reservorio de sus ilusiones se vinagra con las nuevas experiencias amorosas. 

Ella es lo que conocemos como una moto-ratona, y cada día puede ganar de 20 a 40.000 pesos, si hace un poco de sol. Si llueve, todo se vuelve difícil en su oficio de llevar personas o paquetes a cualquier barrio de Armenia o a un municipio del Quindío. También, con una eficiencia desconcertante, realiza trámites ante las entidades prestadoras de salud.

Hace pocos días Zulima contrajo el virus y se vio reducida a la cama, con fiebres muy altas durante casi 24 horas. Se me olvidaba contarles que ella, durante la pandemia, no ha usado tapabocas ni distanciamiento social porque ha leído en sus redes sociales que esas medidas, y las vacunas, sobre todo las vacunas, son inútiles. Un invento de farmacéuticas que solo pretenden timarnos. Una estafa global contra todos nosotros.

Le expliqué, por teléfono, que la retórica de los antivacunas es un brutal llamado de la selva, el aullido fanático de iglesias evangélicas y de grupos de ultraderecha que desean avivar el miedo en la sociedad contemporánea. Una manera de someternos a los designios del dogma, auspiciado por médicos en cuya conciencia pesa más su religiosidad ciega. Iglesias alemanas, algunos seudocientíficos españoles, supremacistas blancos y pastores norteamericanos de sectas religiosas, vinculadas al movimiento QuAnon, manipulan la información para someter a una feligresía que solo escucha las trompetas del apocalipsis. 

Zulima, enferma, se bajó la fiebre y salió sin tapabocas a trabajar y a contagiar. Ella no puede parar ni un día porque nadie le llevará comida a su mesa. Solo recibe la andanada de mentiras y de cuentos de conspiraciones, cómicos y trágicos por sus efectos, que circulan por Facebook e Instagram.

Zulima no acepta la racionalidad y conduce su moto, por Armenia, en procura de alguna certeza. Tiene extraviada la razón. Ella no se vacunará. Tiene inoculado el virus de la demencia —y de la marginalidad— del siglo veintiuno.


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