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Según la Gran Encuesta Integrada de Hogares 2020-2021, en Colombia el 76.5  % de la población adulta mayor se dedica al trabajo de cuidado de manera no remunerada. 

Pocas veces nos detenemos a pensar cuál es el papel que juega el cuidador en la vida de un enfermo, cuáles son sus prioridades y cómo detrás de esa vida que comparte al lado de su ‘paciente’, existe una vida propia que, si bien importa, en este papel en la mayoría de los casos, pasa a formar parte de un segundo plano. 

El cuidador es la persona que asume el reto de cuidar y supervisar el estado de un adulto mayor, enfermo o persona con dependencia, esto con un solo fin, mantener un bienestar y una calidad de vida óptima. Con los años, este rol ha ido seleccionando determinadas personas, en especial, las mujeres. Según el estudio poblacional en Colombia de 2015, el 83.9 % de los cuidadores son mujeres y esto concuerda en la mayoría de las investigaciones, incluido el de la Academia Nacional de Medicina y Coosalud EPS.

En este sentido, cabe ahondar un poco más en la exigencia de este papel de cuidador, la realización y desempeño de la cantidad de tareas que asumir una enfermedad como propia en cuerpo ajeno representa, y los efectos que este desgaste físico y emocional puede llegar a representar en la vida de quien lo asume. 

Un estudio reciente realizado por la Academia Nacional de Medicina de Colombia con el apoyo de Coosalud EPS, titulado ‘Análisis de la sobrecarga de cuidadores de personas longevas no institucionalizadas’, realizado en Cartagena, estableció que aproximadamente uno de cada cinco cuidadores de estas personas presentó sobrecarga. Conociendo desde este estudio la sobrecarga como la suma de los efectos adversos o consecuencias negativas derivadas del cuidado. 

Según la OMS, el síndrome del cuidador es el desgaste físico y psicológico sentido por los cuidadores de personas mayores o dependientes, repercutiendo en su salud física, mental y social. Este impacto negativo de la sobrecarga de labores, estrés y limitaciones que se refleja en el síndrome del cuidador, suele producirse cuando la dedicación total y la exigencia de este rol compromete la salud física, emocional y sicológica de la persona que acompaña al enfermo. 

En este orden de ideas, este síndrome suele caracterizarse por síntomas de estrés, ansiedad, aislamiento social, deterioro de las relaciones interpersonales, signos de depresión y la aparición de enfermedades crónicas; factores que a su vez y a la par con el cuidado que requiere el paciente, pueden interferir con la calidad de la atención que brinda el cuidador, lo que notoriamente atenta contra la propia salud y calidad de quien brinda el servicio.  

Según la Gran Encuesta Integrada de Hogares, GEIH, realizada por el Dane durante el periodo 2020-2021, en Colombia un 76.5 % de la población adulta mayor de 60 años o más se dedica al trabajo de cuidado de manera no remunerada. De estos, 3.3 millones son mujeres (63 %) y 1,9 millones son hombres (37 %).

La edad de la persona con dependencia y la edad de la persona que lo cuida, la forma en que enfrente su problema o enfermedad, su posible actitud, el número de enfermedades que padece, la poca colaboración, la capacidad económica y el nivel de formación e información del cuidador, representan hoy los mayores riesgos y alteraciones para que el cuidador sufra los determinados síntomas y alteraciones. 

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Pero, ¿cuándo una persona es dependiente y qué tanto requiere de cuidado y atención permanente? 

Se establece que una persona es dependiente cuando se enfrenta a una situación de incapacidad permanente que le impide desarrollar actividades básicas de la cotidianidad; las limitaciones físicas, psíquicas o intelectuales, son las limitaciones que más imposibilitan el desarrollo de una vida normal y requieren de la asistencia de una persona a su cargo. 

“Una persona con dependencia funcional y diversas morbilidades puede provocar sufrimiento y deterioro de la salud de los cuidadores. Esto se ha estudiado principalmente para los cuidadores de personas con trastornos neurodegenerativos severos, demencias y enfermedades terminales como el cáncer”, afirmó el Dr. Juan Manuel Anaya, director del Centro de Investigación e Innovación en Salud, de Coosalud. 

Una historia de aguante, resiliencia y amor… 

Catalina Loaiza desde hace 11 años cuida a su abuelo, quien con los años ha ido presentando diversos padecimientos, dentro de ellos la pérdida de visión, la diabetes y con ello, las diálisis. “Estos años han sido complejos, aunque es mucho el amor al saber que es mi propia sangre, en ocasiones este rol requiere todo el empeño y  la dedicación, es regalarle las horas y los días a una persona que lentamente va perdiendo más facultades, pero que aún así sigue sintiendo, viviendo y necesitando de unas manos que le brinden amor. Claramente he sentido cansancio y agotamiento, muchas veces la principal desmotivación es la respuesta de quien está al cuidado de uno, pero dentro del rol uno comprende que esto se puede deber a la condición en que se encuentran; en ocasiones me estreso y pienso en dejar todo de lado, pero el amor y el sentimiento de poder retribuir y ayudar a quien alguna vez lo hizo con uno, hacen que este tipo de emociones vayan quedando de lado”.