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Esta iniciativa disputará en Ecuador, en el mes de octubre, el primer lugar.

No se gestó en un laboratorio ni entre microscopios de última generación. El proyecto Bonplandia —una iniciativa que brinda apoyo integral a estudiantes de áreas rurales y urbanas del municipio de Pijao, permitiéndoles acceder a la educación superior en un entorno que fomenta el crecimiento personal y académico— nació en las montañas y hoy se posiciona entre los 500 mejores emprendimientos socioambientales de Latinoamérica y el Caribe. 

Este proyecto, creado por la Fundación Frailejones, viaja en el morral de cuatro biólogas y de administrativos de la Oficina de Innovación de la Universidad del Quindío. Se cultiva en las huertas escolares de la Cordillera Sur y hoy es finalista de los Premios Verdes 2026, una distinción que celebra la fusión entre la rigurosidad académica y el saber ancestral.

El Laboratorio Bonplandia, liderado por el sociólogo y director de la Fundación, Juan David Agudelo, nació con una premisa clara: “Cuando una generación no conoce su ecosistema, difícilmente puede protegerlo”. Es así como trasciende las aulas y actualmente cuenta con 615 beneficiarios directos (560 niños, 32 jóvenes, 18 becarios y 5 adultos mayores). En un municipio de apenas 6.000 habitantes, esto significa que Bonplandia llega a una de cada cuatro familias, impactando de manera indirecta a más de 4.000 hogares.

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La iniciativa ha sido posible gracias a la financiación y el apoyo de la Fundación británica Lotus Children’s Foundation, y el respaldo institucional de la Universidad del Quindío, que ha sido un catalizador, a través de la Oficina de Innovación, liderada por Andrea Gómez Escudero, y que se formalizó a través de un convenio que busca impulsar el desarrollo rural sostenible, promoviendo agricultura ecológica, ecoturismo y emprendimientos comunitarios. Este año, gracias a este apoyo técnico, se construyó un vivero y se realizó la primera jornada pedagógica conjunta.

Detrás del reconocimiento mencionado, hay una metodología que está redefiniendo la educación ambiental en el país: 318 niños de 13 sedes educativas rurales del municipio de Pijao, entre ellas la Institución Educativa La Mariela y el Instituto Pijao, participan semanalmente en este programa donde la naturaleza se convierte en el mejor de los salones de clase. La metodología desafía la educación tradicional: clases de ciencias basadas en el método científico, dibujo para expresar lo aprendido y sesiones de yoga guiadas por una madre de la comunidad. En paralelo, el Programa Tierra —con el que trabajan de la mano— mantiene 14 huertas escolares que producen cientos de kilos de alimentos al año. Así, el conocimiento no se queda en la escuela; los niños llevan semillas a sus hogares, convirtiendo los patios familiares en extensiones del laboratorio científico.

Las biólogas María Diago Toro, Maribel Rojas, María Paula Toro y Sofía Arroyave, graduadas de la Universidad del Quindío, han cocreado junto a docentes rurales y líderes locales un total de 35 guías de estudio innovadoras. “Buscamos que la Universidad aporte la ciencia y su técnica; la comunidad aporte el territorio y sus conocimientos; nosotros conectamos ambos mundos”, sintetiza Maribel Rojas, una de las profesionales en Biología. 

Ahora bien, la innovación en Bonplandia no se detiene en la tierra. Agudelo reveló que el proyecto está incursionando en la inteligencia artificial para potenciar la investigación. “Estoy creando mi propio sistema de conocimiento basado en embeddings”, explica, refiriéndose a una tecnología que permitirá encontrar conexiones entre la biodiversidad, los dibujos de los niños y la sabiduría de los adultos mayores. “Son tres capas de conocimiento: la cultural, la observación científica no formal y la ciencia formal de la universidad. Sumadas, nos pueden dar nuevas hipótesis”.

El corazón científico del proyecto late en “El Patio”, un vivero a una cuadra de la plaza de Pijao, donde Ligia Villamil, una sabedora campesina, enseña a los niños la farmacopea viva. “Queremos que los niños aprendan que cada maleza que ven en la huerta es una bueneza”, afirma Ligia, destacando el potencial medicinal de plantas como la albahaca (de la cual tienen 17 clases), el llantén, el paico y la riñonada. La meta, con el apoyo de la Universidad del Quindío, es transformar estas aromáticas en jabones, mermeladas y productos de valor agregado.

“Bonplandia no busca solo un premio”, concluye una de las biólogas. “Desea visibilidad y demostrar que la tecnología puede cruzar el conocimiento comunitario con el formal. Queremos que los ecosistemas de páramo sean valorados en el mundo”.

En Pijao, la paz territorial se escribe con lápices de colores, botas con barro y huertas que crecen en silencio, demostrando que la mejor ciencia es la que se construye con las manos en la tierra y la mente puesta en el futuro.