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Las estadísticas dicen en 2026 de la caída de los niveles de lectura y de la comprensión lectora, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. 28 puntos de disminución en lectura, 22 en Matemáticas, nos hablan de un problema complejo en el mundo escolar.

Gloria Cecilia Diaz, la gran escritora calarqueña, en contraposición nos cuenta de cómo se hizo lectora y de cómo, encerrada en su cartilla de lectura, creó un mundo para ella. Esa es una ventaja de la lectura y de la literatura en general. Nos permite vivir entre versos, correr detrás de personajes, mimetizarnos o imaginar que la vida puede ser distinta. Ni siquiera bella, aunque también.

La lectora, Gloria Cecilia Diaz, camina de nuevo por Ciudad sobre letras. Nosotros, admirados, la vemos por la calle 40, rumbo a la carrera 25. 

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La pasión de leer

Gloria Cecilia Diaz

Llegó el día de ponerme el uniforme, el primero de mi vida, una jardinera color vino y una camisa blanca de manga corta, zapatos negros y medias blancas. Mi padre puso en mis manos un maletín de cuero que parecía inmenso para la chiquitina de seis años que yo era en ese entonces. Dentro había un cuaderno de cien hojas, lápices,  borrador y sacapuntas.

No sé qué pensaba yo ese día, creo que aprehendía simplemente ese mundo desconocido al que entraría por primera vez. El colegio Santa Teresita de doña Blanca Rojas de Duque se me hizo muy lejos de mi casa, demasiado lejos, en otro planeta.

Ese primer día, sentada en el pupitre que me asignaron, empecé a copiar en mi cuaderno lo que la maestra nos había puesto en el tablero, una hilera de palitos y una de bolitas. Poco a poco las cosas se fueron complicando, primero fueron las vocales, después las consonantes, y cuando llegaron los números, a esa edad tan temprana, elegí mi campo: las letras. 

Cuando empezamos a aprender poemas, mi preferencia se hizo más fuerte. El primer poema fue para mí un universo nuevo, una emoción, algo que a mis seis años no podía definir, sólo sabía que me llenaba de emoción y me hacía feliz. El bello texto de Christian Bobin refiriéndose al aprendizaje de la lectura lo dice todo: “Un día reconocemos la palabra en la página, la decimos en voz alta y es un pedazo de dios que se va, es la primera fractura del paraíso. Continuamos con la palabra siguiente y el universo que era un todo no es más que frases, tierras perdidas en lo blanco de la página. Vamos a la escuela, ejercemos nuestro oficio de niños. Hay, es verdad, una gran felicidad en ese primer encuentro con la lectura (…). Es mucho más que felicidad, para ser justos habría que hablar de gozo. De gozo y de temor. El gozo va siempre con el temor y los libros van siempre con el duelo. Después de este primer fin de mundo, otra cosa empieza.” 1

Mi libro de lectura se convirtió en mi libro de cabecera. Leía y releía los poemas que ya sabía de memoria. Es probable que lo hiciera en el patio de mi casa desde donde se divisaban los Andes imponentes, en el andén de mi calle mientras los demás niños jugaban como ya no se juega: al aire libre, en grupo, corriendo, saltando o dando patadas a un pobre balón desinflado.

Leer se convirtió en mi actividad favorita. Un año después, un libro de Andersen llegó a mis manos y de tanto leerlo, de tanto trajinarlo, de tanto mirarlo, de tanto amarlo se fue desbaratando y se me antoja que antes de desaparecer hizo nido en mi corazón y allí se quedó para siempre.

Baudilio Montoya regaló a mi padre uno de sus libros. Baudilio Montoya era el gran poeta de Calarcá, vestido siempre de negro con su corbatín deshecho. Qué grande y qué misterioso me parecía. Una vez vi también, vestido de negro, a León de Greiff deambulando por las calles de mi ciudad. ¿El color negro era el preferido de los poetas?

No fui feliz en la escuela primaria. La educación autoritaria, la impresión de ser parte de un grupo sin que se tuviera en cuenta mi individualidad y la ausencia de calor humano hicieron de mí una chiquita callada, tímida en exceso, una alumna que no se distinguía por nada. No recuerdo haber recibido nunca una palabra de estímulo. Quizás por eso la cartilla de lectura con sus poemas era mi consuelo. Quizás por eso lloraba leyendo mi libro de Andersen porque me sentía solidaria con sus personajes.

Cómo podía imaginar en esa época que esa balsa de poesía a la que me aferraba en el mar de indiferencia en el que se sumía a los niños, sería la llave que abriría más tarde la imaginación que se iba gestando en mi alma. Siendo tan pequeña ya intuía que leer era libertad, felicidad, incursión en mundos que me llevaban lejos de la estrechez de mi pueblo.

Mis padres, jóvenes y sensibles, me inculcaron, así como a mis hermanas y a mis hermanos, el amor por la naturaleza, el respeto por todo lo que nos rodeaba. Mi padre leía todo lo que llegaba a sus manos, libros, revistas, periódicos, sin decirnos nunca “que teníamos que leer”, simplemente nos daba el ejemplo. Su curiosidad insaciable nos enriqueció a todos. 

Calarcá era pequeña y la única diversión para los niños y niñas de esa época era el cine y la televisión, aparte, obviamente, de los juegos en la calle. No había estructuras deportivas ni culturales. Quizás también por eso, la Gloria Cecilia de esos años, saciaba su curiosidad en la lectura. A los siete u ocho años, leía párrafos de la revista Life sin entender todo lo que leía, me encantaban las historias de la revista Selecciones y por supuesto, también los cómics, los que publicaban El Tiempo y El Espectador en su edición dominical, pero también aquellos de Tarzán, de vaqueros, etc,  que nos prestaban a escondidas de nuestro papá para quien ese tipo de lectura no aportaba nada.

Con el paso de los años empecé a leer libros muy largos porque no quería que las historias se terminaran. No quería vivir el duelo de los personajes que habían comenzado a formar parte de mi vida. Cada final de libro es un abandono, un duelo, como lo dice Bobin. Sin embargo, seguía y sigo leyendo. A menudo me pregunto, cómo vive la gente que no lee? ¿Cómo es posible vivir sin leer? 

Amo el progreso, pero no el que limita nuestra imaginación. Hace años cuando tomaba el metro me deleitaba viendo a casi todo el mundo con la nariz metida en un libro y me decía que esa era la biblioteca ambulante más grande de París. Ahora… si pudiera abrazaría a la única persona que en mi vagón lee un libro, los demás rinden pleitesía al dios numérico.

  1. Christian Bobin, Une petite robe de fête, Gallimard, 1991, page 10

Gloria Cecilia Díaz

París 2026