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26 años después de aquella tragedia, la ciudad de Armenia, capital del Quindío, se apresta a conmemorar, con diferentes actos públicos y artísticos, esa fecha fatídica. Es, además, una manera de entrar en estado de conciencia sobre los hechos patéticos que rodearon el suceso luctuoso, sobre los días posteriores, que llenaron a los cuyabros de … Continuar leyendo

26 años después de aquella tragedia, la ciudad de Armenia, capital del Quindío, se apresta a conmemorar, con diferentes actos públicos y artísticos, esa fecha fatídica. Es, además, una manera de entrar en estado de conciencia sobre los hechos patéticos que rodearon el suceso luctuoso, sobre los días posteriores, que llenaron a los cuyabros de pasividad, impotencia y desesperanza.

Pero, sobre todo, por lo que ocurre cinco lustros y un año después de aquel remezón que, como figuradamente dijeron algunos, “nos removió el piso”, “nos pellizcó”, como reza el argot popular. Así es, pero no varió en grado alguno el sentimiento de recuperación. Más bien, han sido años dolorosos, de incapacidad y de recordación de lo que se produjo en el tejido social, que tampoco se trabajó mancomunadamente para sanar heridas físicas y sociales.

Hoy son las secuelas del terremoto las que nos hacen reaccionar, pero vemos que también es tardío un efecto reparador. Porque los que presenciamos la muerte ese día de 1999, desde la 1 y 19 minutos de la tarde, sentimos que el laceramiento de la muerte sigue su tarea destructora. Son cientos los casos de suicidio que nos flagelan el alma desde entonces. Y no hacemos el análisis de que esos adultos mayores que se quitaron la vida en cambuches, en los meses posteriores al terremoto, o los jóvenes que hoy lo hacen por la desesperanza, no aguantaron la soledad, y tampoco resisten hoy los muchachos la injusticia y la exclusión.

El terremoto sigue cobrando vidas humanas, porque las oportunidades de empleo se esfumaron para gran parte de la población, porque se destruyó el patrimonio cultural, porque la generación del terremoto (entre ellos algunos niños que fueron concebidos y nacieron en el hacinamiento de los cambuches) sigue pagando las consecuencias de la desigualdad social.

Debemos hacer historia de cuál fue la respuesta, meses y años después, para superar las adversidades. Se presentó la coyuntura de un proceso de reconstrucción. A ciencia cierta, el cemento, el empuje y la aparición de nuevas infraestructuras se presentaron como resultados. Un ejemplo son los nuevos barrios de la reconstrucción en Armenia y otras poblaciones del Quindío. Pero el aspecto psicosocial, la armonía, la convivencia, han sido también un resultado de un proceso mal llevado. Porque muchos de esos núcleos siguen soportando el peso de la exclusión. Un factor que duele profundamente es que algunos barrios fueron construidos en los extramuros. Hoy sus habitantes todavía se preguntan por qué fueron los protagonistas de una fragmentación urbana.

El arte, en todas sus manifestaciones y, como ocurre en los sitios del mundo donde el desastre arrastra las desgracias de las sociedades, entró como bálsamo de alivio o como canal de expresión. Me refiero, enseguida, a tres casos de arte como respuesta al dolor de la tragedia y reparación del entorno urbano. Al arte como contrapropuesta al muro que se demuele. Y la que estamos viviendo, en el marco de la conmemoración de los 26 años del terremoto: el arte como resiliencia.

El arte de los murales en medio del desastre:

A finales de 1999, mientras las calles, muros y edificios averiados invadían todavía el paisaje urbano de Armenia, un grupo de artistas suplieron de color, transformación visual y aliciente el rigor del desastre. Lo plasmaron en las paredes averiadas de la ciudad. El colectivo conformado se llamó Quindiartes y su presentación se hizo como expresión de una “Corporación de Artistas de la Plástica y las Artes Visuales del Quindío”.

El proyecto fue patrocinado por el Fondo Mixto para la Promoción de la Cultura y las Artes en el departamento del Quindío, la Corporación Municipal de Cultura de Armenia y una empresa privada, ICO Pinturas, que donó los tarros de colorantes industriales como insumos para la cristalización de una propuesta colorida. El resultado fue espectacular.

Los habitantes y transeúntes vimos fachadas, muros que cubrían lotes vacíos y escombreras, y otros espacios con aires de renovación desde el arte pictórico. Finalmente, la ciudad se llenó de obras de arte en los espacios que se habían deteriorado por acción del terremoto. Pintores conocidos, estudiantes de Bellas Artes y muchos otros cultores lograron regalar a la ciudad lo que se llamó durante algunos meses CENTRARTE EN ARMENIA 1999 – 2000.

Llamaba la atención el contraste de la acumulación de escombros frente al mural artístico y la variedad de estilos en aquel recorrido. Desde el arte figurativo, pasando por la temática floral y de identidad quindiana basada en lo indígena precolombino, hasta lo geométrico era evidente, en medio de la angustia de ver la ciudad destruida. Lo doloroso es que no existió apropiación ciudadana, los murales tuvieron duración efímera, no se cuidaron para la permanencia temporal más allá del segundo semestre del año 2000 y solo quedaron en la memoria o el escaso registro fotográfico.

El arte transformador:

Un segundo caso es evidentemente de esa naturaleza transformadora. A principios de la segunda década del presente siglo, en la esquina de la calle 40 con carrera 19 de Armenia, ese sector presentaba hasta entonces signo de abandono, pues era en efecto un muro en proceso de demolición. Resultó, de la noche a la mañana, reconvertido. Un artista anónimo logró que esa esquina se volviera una obra de arte. El rostro de una indígena embera sobresalía entre los ladrillos derruidos. Lo interesante es que pudo ser (porque ya desapareció) un buen ejemplo de lo que en su momento llamé el arte demolitorio.

Lea también: Dos historias del terremoto de 1999, unidas por una sensible fotografía

El arte como resiliencia:

En los actos recordatorios de los 26 años del desastre ya es la Gobernación del Quindío, a través de su Secretaría de Cultura, la que nos entrega una exposición de arte con el motivo de la resiliencia. Más de 30 artistas plasmaron en pintura, escultura, instalación y en una escultura digital lo que es el valor de la esperanza y el sentido de la resiliencia. Es demostrar que el Quindío y Armenia se reponen a la desgracia.

Todas las obras, exhibidas en la Sala Roberto Henao Buriticá, envían un mensaje de esperanza. Desde la que representa los capullos de esas flores volátiles, pero que retenemos para disfrutar su hermosura. Pasando por la que destaca el tiempo de la vaporosa realidad, hasta dos que me impactaron profundamente: la pintura que resalta el patrimonio arquitectónico tradicional, la ventana de una casa de bahareque, que pretende mantener la imagen de lo vernáculo, lo que ningún terremoto podría destruir, solo si se convierte en terremoto mental.

Y a la otra expresión artística, la llamé “TRADICIÓN AMARRADA A LA REMINISCENCIA”, que el artista hizo a partir de un pequeño artefacto de la cocina doméstica, atado en sus partes constitutivas con el delgado lazo de cabuya, para mantenerlo en la memoria de todos.

Arte, relato, literatura y la curaduría de uno de esos gestores culturales que participó en el proyecto de CENTRARTE EN ARMENIA del año 1999.
En efecto, gracias a Cabeto, el nombre artístico de Carlos Alberto Forero, el arte como resiliencia y esperanza es un regalo institucional para disfrutar con los sentidos en estos días de enero de 2025. Arte para ver, reflexionar y actuar.

Carlos Alberto ‘Cabeto’ artista.