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Quindío / FEBRERO 01 DE 2023 / 1 año antes

Eduardo Marín, ciudadano del mundo con pasaporte quindiano

Autor : Jairo Alberto Marín Gaviria

Eduardo Marín, ciudadano del mundo con pasaporte quindiano

La velación se llevará a cabo en el Espíritu Santo este miércoles de 9 a. m. a 2:30 p. m.

Tal vez alguna vez haya sentido el pudor del aprendiz. Es ese recato de hacer algo que va a ver tu maestro. Un sentimiento de inquietud y desconcierto y a la vez un acto de humildad y valentía como la tauromaquia. El siguiente es uno de esos intentos.
 
Eduardo Marín Gaviria nació con el don de la palabra. Como un mago, con un rosario de vocablos fríos era capaz de construir una imagen sólida y memorable en la imaginación de los lectores.
 
Por ejemplo, esta frase la escribió el 2 de octubre de 1968 cuando era corresponsal de la agencia de noticias Inter Press en la capital chilena:
 
“Santiago de Chile está siendo demolido. Las vetustas casonas se desmoronaron ante el golpeteo de equipos especializados en la construcción organizada. Los planes de remodelación urbana preparan la ciudad para los agitados años del futuro”.
 
La observación acuciosa era uno de sus dones. Los buenos escritores escriben el primer borrador con los ojos.
 
Eduardo nació el 17 de octubre de 1942 de las manos de una partera en la finca Angostura de la vereda El Gigante en Montenegro, Quindío. En el pueblo aprendió sus primeras letras.

En su tiempo, a mediados del siglo XX, quienes quisieran estudiar, debían dejar su tierra y explorar los nacientes centros urbanos donde se forjaba el progreso de Colombia. La inteligencia del muchacho llamó la atención de la familia Mejía que lo invitó a vivir con ellos en Medellín.
 
En el colegio de la Universidad Pontificia Bolivariana obtuvo su título de bachiller y se fue a Bogotá a la Universidad Nacional con el sueño de ser médico. Sin embargo, el destino tenía otros planes para él. El ímpetu de la juventud lo llevó a continuar sus estudios en Buenos Aires y luego siguiendo el llamado de su vocación por las palabras se fue a Santiago de Chile a estudiar periodismo.
 
Para entonces era claro que lo que lo movía era un compromiso con la justicia social, con las ideas progresistas que había heredado de sus ancestros y con un profundo amor por la Tierra, los animales y la vida en general.
 
A Eduardo Marín le dolían las injusticias, la pobreza y la inequidad.
 
Sus acciones habían demostrado que Eduardo era un ciudadano del mundo y quería recorrerlo, vivirlo, cambiarlo y contarlo.

Así como gozaba del valor de las palabras, también sabía del poder del silencio. Practicaba la discreción y la prudencia como atributo de la sabiduría y el respeto.

Sus viajes como corresponsal internacional lo llevaron a varios países donde entrevistó y cuestionó a hombres y mujeres en posiciones de mando, al tiempo que mantenía su pulso en lo que sucedía con las personas más humildes en las barriadas y en los campos de América Latina.
 
Eran tiempos convulsionados y el joven periodista debió ser testigo y relator de cuanto sucedía. Vivió la antesala al golpe de estado en Chile; fue apresado en Ecuador, incomunicado por cinco días y acusado de ser un espía; le entregó a Gabriel García Márquez una carta de invitación de Casa de las Américas para que fuera por primera vez a Cuba y su nombre apareció en un documento secreto de la CIA que incluía una lista de funcionarios del gobierno cubano.
 
En 1974, después de una ausencia de trece años, regresó a Colombia como corresponsal de la agencia cubana Prensa Latina y años más tarde volvió al Quindío lleno de ideas y de nostalgias.
 
Esta vez soñaba con hacer del Quindío un centro mundial de tecnología, con recuperar el uso de la guadua en las construcciones tradicionales. Por años trabajó en la defensa de los derechos de los grupos nativos, así como en la protección de los recursos naturales, siempre desde la palabra: denunciando, empoderando, iluminando.
 
Curioso incorregible exploró la tecnología, los computadores y la Internet, escribió un blog y frecuentaba la música electrónica.
 
Escribir estas palabras ha sido difícil porque mi hermano Eduardo fue mi mentor y guía en el periodismo y en la vida. A pesar de que no podrá leerlas, no puedo evitar sentir este pudor del aprendiz.
 
Eduardo Marín Gaviria murió  tranquilamente el 31 de enero de 2023 en Armenia mientras hablaba de amor y de agradecimiento. Le sobreviven su compañera Myriam Gutiérrez y sus hijos Jorge Alberto, Iván Ernesto y Alejandra.


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