Opinión / NOVIEMBRE 29 DE 2009

Una vida para trascender

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Concluye mañana el mes tradicionalmente destinado a reflexionar y a orar por todos aquellos que se nos anticiparon en el viaje inevitable hacia la eternidad. Para el domingo 1, había enviado este escrito, pero por fallas tecnológicas no había llegado a su destino. Espero que hoy finalmente logre su objetivo.

Muy pocas veces, por no decir nunca, los seres humanos nos sentamos a reflexionar en la más segura realidad que enfrentamos, desde el mismo momento en que somos concebidos en el vientre materno: se trata de nuestro inevitable tránsito hacia la eternidad.  Parece que sólo cuando tenemos la oportunidad de vivir una experiencia, con el fallecimiento de un ser cercano a nosotros, nos acordamos que esa realidad también nos toca a nosotros y a los nuestros.

Dura, pero así es. Y es precisamente cuando tenemos la oportunidad de poner a prueba la fuerza de nuestra fe, única que nos permite lograr una sanación y superación del dolor intenso que ello nos causa. Varias semanas  atrás, mi familia vivió ese duro trance al enfrentar la partida de nuestro hermano Gabriel Arce Londoño, médico cirujano residente en  Manizales, pero nacido en el municipio quindiano de Montenegro, donde nuestro padre Máximo Arce Franco se desempeñó por aquella época como inspector de educación, dentro del entonces departamento de Caldas. Una reflexión de un sacerdote presente en los actos previos me llamó especialmente la atención, en los siguientes términos, colocándolas en boca del ser que despedíamos: “No estén tristes por la vida que he terminado. Más bien alégrense por la nueva vida que comienzo al lado de Jesús y de María y de  la que  todos podremos disfrutar juntos eternamente.”  Se ha dicho que el hombre muere, de acuerdo como ha experimentado su existencia. Si se vive sanamente, dentro de las normas éticas, humanas, naturales, biológicas, espirituales, entre otras, es apenas razonable que el tránsito se registre bajo los mismos lineamientos. Por fortuna, la vida de nuestro hermano, su altruismo en el ejercicio de su profesión a favor de los necesitados, nos da la tranquilidad de su merecido descanso en la casa del Padre Dios.

Con todo ello, la mejor paz que podemos alcanzar, es la que Jesús  nos ofrece, para hacer frente a todo lo que la vida nos presente. Recientemente el Deuteronomio nos  recordaba lo que Moisés dijo a su pueblo, en el cual todos estábamos representados: “De esta manera, respetarás al Señor, tu Dios, tu, tus hijos y tus nietos; observarás todos los días de tu vida las leyes y mandamientos que yo te impongo hoy; así se prolongarán los días de tu vida. Escúchalos, Israel y cúmplelos con cuidado, para que seas dichoso y te multipliques, como te ha prometido el Señor, Dios de tus antepasados, en esta tierra que mana leche y miel. Ocho días atrás Cristo se nos presentó como el gran Rey del universo: Es el Reinado de la vida, sin prestigios mundanos, pero con toda la  plenitud y perfección que nos ofrece la garantía de una eternidad feliz. Es el liderazgo elevado a la máxima potencia, del auténtico servidor, no del que exige ser servido ni del que somete a la esclavitud a sus súbditos, sino de quien libera, valora, respeta y salva a sus dirigidos.


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