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Historia / AGOSTO 27 DE 2023 / 8 meses antes

Un festival de mitos, leyendas y bosque nocturno en el Quindío

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Un festival de mitos, leyendas y bosque nocturno en el Quindío

La iniciativa busca revivir la tradición oral y representar las historias fantásticas de la región, como Patasola, Madremonte, Mohán y más.

La Fundación Cultural MEMORIA VIVA, bajo la dirección de la gestora Luz Patricia Naranjo, y en yunta con un gran equipo de jóvenes creadores, le ha entregado al Quindío un evento de luces nocturnas, entusiasmo y explosión de ingenio. Lo instaló en un espacio maravilloso, el Parque de la Vida de Armenia, uno de los dos puntos boscosos de la ciudad de cemento. Mejor sitio no se pudo escoger para la sinfonía de representaciones que, noche tras noche, de jueves a domingo, los habitantes de la región hemos podido presenciar.

Los Parques de la Vida y El Bosque se conservan como los escasos espacios de Armenia que irradian frescura, magia y solaz, en medio de la urbe del progreso que hemos levantado, y haciendo honor a su perífrasis de  “Ciudad Milagro”.

Un Festival de Mitos y Leyendas, como lo han llamado sus propulsores, y en el sitio originario para recrear el imaginario de los relatos fantásticos, es el mejor regalo para una sociedad que le ha dado la espalda al bosque, el riachuelo y el paisaje.

Durante las noches programadas por el Festival, la sensación de volver al bosque para escenificar el relato, el cuento y la historia fabulosa, es el motivo para recordar la importancia de la tradición oral. Ella, que se había mantenido desde nuestros ancestros con la fuerza del relato - y que ahora se venía a menos -  hace de nuevo presencia con lo representado en varias estaciones del sendero, que se encuentra al interior del Parque de la Vida. El mismo sendero que, en el día, conecta las estancias de este sitio de encuentro de la capital del Quindío con la naturaleza frondosa que lo rodea. En la segunda versión de tan importante evento, los visitantes aprecian las siguientes recreaciones:

La Patasola. El Hojarasquín del Monte. La Madremonte. El Duende. La Llorona. El Ave del Agüero. El Mohan. El cacique Calarcá. Cocora. El Tesoro Quimbaya. El gran Poporo.

Motivados por las narraciones de un personaje singular, denominado por ellos como “Jaimito Leyendas”, el recorrido por el sendero - matizado de luces sugestivas y sensaciones sonoras y musicales - se convierte en el camino de regreso a la historia fantástica del Quindío, que recuerda la gesta de fundación de pueblos y parajes rurales, con la llegada de los primeros colonizadores. Ellos trajeron desde Antioquia, el Tolima, los Santanderes y otras regiones del país, no solo sus bríos sino el acervo de sus tradiciones orales y de su herencia mitológica. A ellos se unieron los pueblos afrodescendientes e indígenas que, en el transcurso del siglo XX y comienzos del XXI, también se han asentado en el territorio.

En el recuento histórico de todas las localidades colombianas, el interés de los escritores y cronistas siempre ha estado centrado en obtener el inventario de “sus mitos y leyendas”. Igual ocurre con la profusión de tareas escolares que  encargan a los estudiantes, cuando alguno  de los docentes  se traza el propósito de indagar sobre el imaginario de las tradiciones populares. Pero no existe tal situación - la que tienda a enumerarlas -  porque tampoco es posible  mencionar con precisión cuáles son las categorizaciones en materia de mitos y leyendas para una región determinada. Y eso se da, porque tal caudal de información demosófica (de demos, pueblo) no se podría explicar sino como una amalgama de influjos que llegaron con los ancestros.

Igualmente, en el caso del Quindío, y como lo dijera el escritor pereirano Euclides Jaramillo Arango, “no tenemos floclor”, por la condición de ser un departamento joven. En entrevista dada por este destacado folclorólogo (y quindiano por adopción) al periódico  más leído de Manizales, esto dijo a sus entrevistadores, Marta Lucía Usaquén y Jorge Hernando Delgado, en publicación titulada “UN RECUERDO VIVO” (La Patria, Manizales, octubre 15 de 1989, página 6):

“...Tenemos  un folclor heredado de España por medio de Antioquia y tenemos un folclor heredado de España por medio de los Santanderes, sobre todo en la cordillera hacia Calarcá. El folclor nuestro es eminentemente antioqueño en todas sus partes y con algo de caucano, santandereano y de las migraciones que han llegado...”

Si a la categorización de mitos y leyendas del Quindío, con este criterio, le añadimos los ascendientes tolimenses y huilenses, el resultado es la vigencia de tradiciones en torno de relatos y construcciones fantásticas provenientes de los contornos del río Magdalena, como son el caso del Mohán o el Hojarasquín del monte. Y si tenemos en cuenta la incidencia cundinamarquesa, la frecuencia en la mención de relatos sobre lagunas encantadas o tesoros fabulosos es evidente.

En todos los pueblos y estancias quindianas, la mención de los anteriores referentes son de nutrida confirmación, junto con los de la Patasola, la Madremonte y la Candileja. Pertenecen todos ellos a la clasificación de entes protectores de los ríos y de los bosques y  se personifican a través de diversas figuraciones, dependiendo de los lugares donde esas idealizaciones se materializan. Son, en extensión, seres de la inventiva popular cuyo papel fundamental es el de habitar bosques y cauces fluviales, en la tarea de propender por su cuidado y protección. Operan también como justicieros. Así se concibe en el Tolima a la Madremonte y al Mohán, al verlos con sus atributos que operan como controladores ante el daño ambiental que puedan inflingir los pescadores o campesinos en ríos y ambientes boscosos. Aunque la variabilidad de sus visualizaciones también los muestran en otros quehaceres. Por ejemplo, un mohán que transmuta a la apariencia humana y se convierte  en compositor de canciones o intérprete, como lo vemos en la representación del Parque de la Vida. O una Patasola que, como se ve en el Tolima, asusta a los amantes de las orillas del Magdalena.

Otras visiones de la riqueza de este patrimonio Inmaterial se aprecian, en la región del Quindío, en forma de duendes, aves de mal agüero, asustos, “ayudaos”, personajes y representaciones simbólicas de objetos de orfebrería precolombina. Estos dos últimos tópicos los podemos apreciar en el Segundo Festival del Parque de la Vida, con cuatro novedosas presentaciones. Ellas son Cocora, desde la imaginación de una princesa de las aguas altas de la cordillera quindiana. El famoso relato del cacique Calarcá, con la desbordante figuración que va desde lo humano hasta lo imaginado, con la representación de Acaime y Guaicaramintia, dos seres que se asocian a los pueblos Pijao y Quimbaya. El Tesoro Quimbaya, un relato histórico del Quindío que se torna leyenda. Y el mejor caracterizado, el “Gran Poporo “, que hace de este objeto de la vida indígena un referente simbólico relacionado con lo femenino, algo que no se aleja de su significado porque así, por lo menos, se refleja entre los pueblos indígenas actuales de la Sierra Nevada de Santa Marta.

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Haciendo distinción de  tres categorías de la imaginación popular - en esta materia de lo demosófico - el docente   de la Universidad de Caldas Octavio Hernández Jiménez, refiere lo siguiente  en el fascículo titulado “SUPERSTICIONES, AGÜEROS, LEYENDAS Y MITOS” de la serie “CALDAS MEMORIA Y PATRIMONIO CULTURAL”(diario LA PATRIA”, Manizales, enero 4 de 1995):

“Los mitos son creaciones imaginarias que un pueblo elabora buscando explicaciones tentativas a las incógnitas que le presenta la naturaleza o la vida humana....Las leyendas son, en cambio, deformaciones que hacen los pueblos a los acontecimientos o protagonistas de su devenir. Tienen una base cierta, aunque las gentes - con un propósito determinado, sea admiración o conveniencia - van agregando, limando, puliendo hasta hacer del acontecimiento originario algo irreconocible pero creíble. Sin excepción, las grandes figuras de la historia terminan por convertirse en personajes legendarios...Los espantos tienen algo de ambos o, por lo menos, parecen tenerlo. Los espantos poseen bases ciertas que una persona, y luego la sociedad de la que hace parte, van deformando, no por admiración, sino por un terror nacido de la ignorancia “.

El mismo autor, con el fin de lograr una síntesis de las tres categorías, también agrega lo siguiente:”....Una razón incipiente crea los mitos. Una historia deformada organiza las leyendas. Una imaginación que delira es la causa de los espantos”.

En la misma secuencia descriptiva, Hernández Jiménez menciona algunos espantos y leyendas que él  considera “son producto de la facultad fabuladora del ser humano”, y que recopiló en el departamento de Caldas. No obstante, por factor de integración regional, ellos también se aplican al Quindío, a través de variantes curiosas, como quiera antes de 1966 esta región era conocida, junto con Risaralda, como el Gran Caldas:

“La Muelona o Madreselva. El caballo de tres patas (una versión sobre este espanto se escuchó alguna vez en una sesión del Centro Local de Historia de Filandia). El soldado fantasma. La Gallina de los pollitos de oro. La mona (una mujer que desaparece cuando se monta en los carros en marcha). Caifás, un hombre que era ladrón y brujo, que se convertía en racimo de bananos cuando era perseguido por la policía (un personaje con igual atribución fantasmal fue ‘Arrayanales’, el famoso fabricante de tabaco de contrabando que tenía su dominio en los municipios quindianos de Salento y Circasia).

El sombrerón (y su equivalente en otros lares, llamado ‘el judío errante’). El asusto del carro fantasma. Las ánimas benditas. María la gorda. María la parda. La leyenda de Bermúdez. La piedra del condenado. El perro de Maibá. Las campanas de oro. El puto erizo de Arboleda (‘un hombre malo cargado de leyendas’). El espanto de Hojas Anchas”.

 Este último, un asusto para favorecer el contrabando de licores y cigarrillos, que salió de su confín geográfico, en Supía, llegó a Circasia, donde también fue adoptado por los habitantes rurales.

Es muy vasto el compendio de estas manifestaciones de la cultura popular en el Gran Caldas y el Quindío, lo que motivaría la escritura de varias columnas sobre el tema, incluyendo las de arriería, un oficio donde los asustos hicieron parte del mundo fantasioso de los hombres y mujeres que manejaron las muladas y bueyadas y en las que se deben citar también las leyendas asociadas a los cerros y vueltas de los caminos que transitaban con sus recuas. El más mentado, el Gritón.

Regresando a lo abordado por Euclides Jaramillo Arango, las siguientes son otras menciones, contenidas en la obra titulada “TERROR” (Cosmográfica LTDA,Armenia,1984), páginas 78 y 79:

“La Mancarita que roba niños. La Candileja que espanta. El Gran Charamusquín del Monte (otro nombre dado al mítico Hojarasquín). El Poira (‘medio tolimense, pero muy paisa dándoselas de duende y que, como el Gritón, aparecía en los caminos lanzando gritos parecidos a los de los arrieros’). La Lengualarga. La Patetarro. El Bracamonte. El Ánima Sola (asusto traído por los españoles). La Tarasca. La Cabellona. La Viudita. El Cura sin Cabeza”.

Jaramillo se refiere también a las Hadas, construcción fantástica traída de España, “pero que como no tenían ningún nexo con nosotros, jamás hicieron vida aquí y apenas se quedaron en una escasa literatura infantil elitista”.

Capítulo especial merece lo que parecen ser los propios asustos o leyendas quindianas. Hay que profundizar más sobre ello, su construcción identitaria y su origen. Una de ellas se conoce como el Mohán de la Sonadora. El escritor Humberto Senegal, en una columna de La Crónica del Quindío, de septiembre 25 de 1996, se refiere a ella. Utilizando la leyenda del Mohán tolimense, como el vehículo originario, este Mohán quindiano es también un ser monstruoso, lleno de pelaje y yerbas en su cuerpo. Su figura fue construida por los campesinos del corregimiento La Virginia de Calarcá. Se dice que su nombre se debe a las rocas que empuja por las quebradas, especialmente “La Sonadora”, cuyas aguas caen desde el sector del cerro Peñas blancas y que producen estridentes sonidos, cuando esas corrientes crecen.

La otra referencia al Mohán quindiano aparece en el texto de Euclides Jaramillo Arango (“TERROR”, página 79):

“Siendo yo muy niño conocí al Mohán en la quebradita de La Maribia, río Quindío arriba, en los terrenos de La Guayana. Era una forma humana, masculina, de un sorprendente tamaño, con una abundante y enredada cabellera que le cubría todo el rostro por encima de una larga barba. Esta es una de sus más conocidas formas de aparecer”.

¿Será acaso, ésta, la figuración más conocida del Mohán - la más popular - y que ha hecho famosa la escultura del Parque Nacional del Café, que un artista boyacense dejó para la posteridad?.

El mismo autor, con el fin de lograr una síntesis de las tres categorías, también agrega lo siguiente:”....Una razón incipiente crea los mitos. Una historia deformada organiza las leyendas. Una imaginación que delira es la causa de los espantos”.

En la misma secuencia descriptiva, Hernández Jiménez menciona algunos espantos y leyendas que él  considera “son producto de la facultad fabuladora del ser humano”, y que recopiló en el departamento de Caldas. No obstante, por factor de integración regional, ellos también se aplican al Quindío, a través de variantes curiosas, como quiera antes de 1966 esta región era conocida, junto con Risaralda, como el Gran Caldas:

“La Muelona o Madreselva. El caballo de tres patas (una versión sobre este espanto se escuchó alguna vez en una sesión del Centro Local de Historia de Filandia). El soldado fantasma. La Gallina de los pollitos de oro. La mona (una mujer que desaparece cuando se monta en los carros en marcha). Caifás, un hombre que era ladrón y brujo, que se convertía en racimo de bananos cuando era perseguido por la policía (un personaje con igual atribución fantasmal fue ‘Arrayanales’, el famoso fabricante de tabaco de contrabando que tenía su dominio en los municipios quindianos de Salento y Circasia).

El sombrerón (y su equivalente en otros lares, llamado ‘el judío errante’). El asusto del carro fantasma. Las ánimas benditas. María la gorda. María la parda. La leyenda de Bermúdez. La piedra del condenado. El perro de Maibá. Las campanas de oro. El puto erizo de Arboleda (‘un hombre malo cargado de leyendas’). El espanto de Hojas Anchas”.

 Este último, un asusto para favorecer el contrabando de licores y cigarrillos, que salió de su confín geográfico, en Supía, llegó a Circasia, donde también fue adoptado por los habitantes rurales.

Es muy vasto el compendio de estas manifestaciones de la cultura popular en el Gran Caldas y el Quindío, lo que motivaría la escritura de varias columnas sobre el tema, incluyendo las de arriería, un oficio donde los asustos hicieron parte del mundo fantasioso de los hombres y mujeres que manejaron las muladas y bueyadas y en las que se deben citar también las leyendas asociadas a los cerros y vueltas de los caminos que transitaban con sus recuas. El más mentado, el Gritón.

Regresando a lo abordado por Euclides Jaramillo Arango, las siguientes son otras menciones, contenidas en la obra titulada “TERROR” (Cosmográfica LTDA,Armenia,1984), páginas 78 y 79:

“La Mancarita que roba niños. La Candileja que espanta. El Gran Charamusquín del Monte (otro nombre dado al mítico Hojarasquín). El Poira (‘medio tolimense, pero muy paisa dándoselas de duende y que, como el Gritón, aparecía en los caminos lanzando gritos parecidos a los de los arrieros’). La Lengualarga. La Patetarro. El Bracamonte. El Ánima Sola (asusto traído por los españoles). La Tarasca. La Cabellona. La Viudita. El Cura sin Cabeza”.

Jaramillo se refiere también a las Hadas, construcción fantástica traída de España, “pero que como no tenían ningún nexo con nosotros, jamás hicieron vida aquí y apenas se quedaron en una escasa literatura infantil elitista”.

Capítulo especial merece lo que parecen ser los propios asustos o leyendas quindianas. Hay que profundizar más sobre ello, su construcción identitaria y su origen. Una de ellas se conoce como el Mohán de la Sonadora. El escritor Humberto Senegal, en una columna de La Crónica del Quindío, de septiembre 25 de 1996, se refiere a ella. Utilizando la leyenda del Mohán tolimense, como el vehículo originario, este Mohán quindiano es también un ser monstruoso, lleno de pelaje y yerbas en su cuerpo. Su figura fue construida por los campesinos del corregimiento La Virginia de Calarcá. Se dice que su nombre se debe a las rocas que empuja por las quebradas, especialmente “La Sonadora”, cuyas aguas caen desde el sector del cerro Peñas blancas y que producen estridentes sonidos, cuando esas corrientes crecen.

La otra referencia al Mohán quindiano aparece en el texto de Euclides Jaramillo Arango (“TERROR”, página 79):

“Siendo yo muy niño conocí al Mohán en la quebradita de La Maribia, río Quindío arriba, en los terrenos de La Guayana. Era una forma humana, masculina, de un sorprendente tamaño, con una abundante y enredada cabellera que le cubría todo el rostro por encima de una larga barba. Esta es una de sus más conocidas formas de aparecer”.

¿Será acaso, ésta, la figuración más conocida del Mohán - la más popular - y que ha hecho famosa la escultura del Parque Nacional del Café, que un artista boyacense dejó para la posteridad?.


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