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Alivio

lunes, 19 octubre 2026

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La cancelación de la segunda jornada del Día sin Carro y Moto responde a una economía golpeada por el terremoto.

Los comerciantes de Armenia dejaron de vender cerca de $130.000 millones entre el terremoto del pasado 10 de agosto y el 31 de ese mes, según la Federación Nacional de Comerciantes (Fenalco). En el balance general del Quindío, las pérdidas alcanzaron los $230.000 millones. Con esas cuentas, una jornada sin carros ni motos significa otro día de vitrinas sin clientes, y la Alcaldía actuó en consecuencia al cancelar la segunda edición prevista para este año.

La jornada estaba fijada para el 23 de septiembre y quedó suspendida tras la emergencia; ahora la Secretaría de Tránsito y Transporte de Armenia (Setta) tramitó el acto administrativo que la deja sin efecto durante el segundo semestre. La Administración sostiene, con razón, que restringir la circulación de vehículos particulares y motocicletas golpea a sectores que todavía no superan la crisis. Fenalco respalda la determinación, y su directora ejecutiva, Diana Patricia López Echeverri, advierte que la restricción disminuye la llegada de visitantes de otros municipios y frena ese consumo menudo —un café, una parada en la panadería— que sostiene la economía de la ciudad.

Ciudadanos consultados por La Crónica aplauden la cancelación porque el transporte público no ofrece un sustituto real del vehículo propio, y señalan problemas de cobertura y frecuencia, paraderos en mal estado y un servicio de calidad deficiente. Cuando un motociclista prefiere su moto porque en los buses escasea la amabilidad, el problema rebasa cualquier jornada simbólica. Un día sin carro cumple su propósito pedagógico si la ciudad ofrece una alternativa digna; de lo contrario, se reduce a un trastorno que pocos quieren repetir.

Cancelar la jornada de este año no significa archivar el propósito que la inspira. Cuando el comercio recupere el pulso, la ciudad podrá retomar estas jornadas en mejores condiciones si aprovecha los próximos meses para exigir a los operadores del transporte público mejoras verificables en rutas, frecuencias y paraderos. También conviene concertar las futuras ediciones con los gremios, acompañarlas de ciclorrutas temporales o tarifas preferenciales y medir con datos más detallados su efecto ambiental y comercial, de modo que el debate abandone el terreno de las percepciones.

La recuperación económica y la movilidad sostenible no tienen por qué competir. La decisión de hoy da aire a un comercio que lo necesita; la tarea pendiente consiste en construir un transporte público capaz de convertir el día sin carro en una elección y no en un castigo.


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