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El tedeum por los 137 años de Armenia dejó dos mensajes que van más allá de la ceremonia: la esperanza como tarea diaria y la solidaridad como medida del progreso.

El miedo también es una forma de ruina. Sobre esa idea giró la homilía de monseñor Carlos Arturo Quintero Gómez, obispo de Armenia, en el tedeum del pasado 14 de octubre, cuando la ciudad celebró 137 años de fundación con las heridas aún abiertas del terremoto del 10 de agosto.

El prelado nombró las fuentes de ese temor colectivo: el hambre, la violencia contra niños y mujeres, el suicidio y el calentamiento global. Ninguno de esos males resulta abstracto ni lejano en el Quindío, y su peso explica por qué tantas personas dejan de imaginar un porvenir distinto. Frente a ese panorama, el obispo presentó la esperanza como una fuerza que impulsa a actuar en la adversidad, construida “con los pies en la tierra y la mirada puesta en el cielo”.

Para monseñor Quintero, ayudar no se reduce a entregar bienes materiales; también supone ofrecer tiempo, comprensión y compañía a quien sufre. En una ciudad donde muchas familias aún reconstruyen sus casas y sus rutinas, esa forma de solidaridad pesa tanto como un subsidio. Su invitación a desaferrarse del pasado no equivale al olvido: pide soltar la nostalgia de lo perdido para invertir la energía en el presente y en el futuro.

El acto ofreció un ejemplo de ese compromiso. José Fernando Montes Salazar, director administrativo de Comfenalco Quindío, recibió el Cordón de los Fundadores, la máxima distinción que entrega la Alcaldía de Armenia. La caja nació en 1967, cuando 51 empresas, impulsadas por comerciantes de la región, apostaron por el trabajo solidario; hoy, cerca de cumplir seis décadas, acompaña a los hogares quindianos en la educación de los niños, la formación para el empleo y el emprendimiento. Montes Salazar atribuyó el galardón al esfuerzo colectivo de colaboradores, empresas afiliadas y trabajadores, y sostuvo que una ciudad se construye con visión, con confianza y con la certeza de que nadie debería quedarse atrás, más que con edificios o vías.

Ambos mensajes coinciden en que la esperanza y la solidaridad solo tienen valor cuando salen del templo y del protocolo. Armenia aprendió esa lección tras el sismo de 1999, cuando la reconstrucción descansó tanto en la ayuda externa como en el tejido cívico de sus habitantes. Hoy puede ponerla en práctica con el vecino que levanta un muro caído, la empresa que protege el empleo y la institución que prioriza a los más vulnerables. Celebrar la vida y no honrar el miedo, como pidió el obispo, empieza por gestos pequeños y constantes: ese es el camino para construir, entre todos, una mejor ciudad.


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