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Carta a los habitantes de Armenia

miércoles, 14 octubre 2026

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La capital quindiana cumple 137 años de vida administrativa. Esta vez, en lugar de hablar de ella, quisimos imaginar qué nos diría si pudiera escribirnos.

Hoy miércoles cumplo 137 años y no espero torta ni fiesta. Prefiero que me escuchen un momento. A esta edad uno aprende a decir las cosas sin rodeos.

Ustedes me conocen bien. Conocen mis parques, mi sitios emblemáticos, mi clima bipolar y mi ambiente acogedor. Saben también dónde se inundan mis calles cuando llueve fuerte, qué esquinas huelen mal desde temprano, qué vías están semidestruidas y cuáles están reparando. Lo saben porque lo padecen todos los días. Lo que me inquieta es que también lo provocan.

Empiezo por la basura, que es lo más visible. Hay horarios de recolección, hay rutas, hay puntos señalados. Aun así, cada mañana amanezco con bolsas rotas en los separadores, escombros al borde de las quebradas, colchones y muebles abandonados en cualquier esquina, como si alguien hubiera decidido que lo que sale de su casa deja de ser su problema en cuanto cruza la puerta. Los perros y los gallinazos terminan el trabajo. Yo cargo con el olor y la postal.

Sigo con la forma en que se mueven por mí. Mis vías son estrechas, lo admito; fueron trazadas para otra ciudad y otro ritmo. Nada de eso explica la moto que invade el andén, el carro estacionado en doble fila mientras su dueño “hace una vuelta rápida”, el pito que reemplaza a la paciencia, el peatón que cruza por donde le parece y el conductor que nunca le cede el paso al que cruza por donde debe. Cada quien cree tener prisa, pero adie llega antes.

Lo que más me pesa es otra cosa. Una discusión por un parqueadero, un volumen alto de madrugada, un roce en la fila de un banco. Asuntos que se arreglarían con una palabra terminan a golpes, a veces con un arma, y alguna vez con un muerto. He visto vecinos que llevan años sin saludarse por una pared, por un árbol, por un perro. Se han vuelto expertos en ofenderse y aprendices torpes en el arte de ceder.

No quiero ser injusta. Sé que muchas de estas fallas tienen también responsables con nombre, cargo y presupuesto. Hay administraciones que han preferido el anuncio a la obra, que han dejado la educación ciudadana en campañas de temporada, que se acuerdan del espacio público solo cuando se acerca una elección. A ellas también les reclamo, y con la misma firmeza. Ninguna alcaldía, eso sí, puede recoger a diario la indiferencia de miles.

Recuerdo el 25 de enero de 1999, cuando quedé en el suelo y fueron ustedes quienes me levantaron, ladrillo por ladrillo, con una solidaridad que asombró al país. Este año volví a temblar y otra vez los vi correr a ayudarse. Esa gente existe. La he visto. Por eso no entiendo que la misma mano que remueve escombros para salvar a un desconocido tire una botella por la ventanilla del carro.

No, no les pido grandes acciones, les pido cosas pequeñas y repetidas: sacar la basura a la hora, respetar una cebra, bajar la voz, contar hasta diez antes de responder. Ninguna de ellas cuesta dinero; todas cuestan voluntad. Tener una mejor ciudad requiere del esfuerzo compartido de todos los que la habitan.

Ya no soy el caserío que fundaron unos pocos. Soy una ciudad con edificios, centros comerciales, universidades y barrios que crecen hacia todos lados. Crecí rápido, quizás demasiado, y en ese crecimiento algo se quedó atrás. Ser ciudad exige algo más que tamaño: exige mejores ciudadanos.

Me gustaría celebrar los próximos aniversarios con ustedes, no a pesar de ustedes.

Con el cariño de siempre,

 

Armenia


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