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Tras el terremoto de 1999, impulsó espacios de investigación y formación para documentar la historia de los pueblos y preservar la memoria del departamento.

La arquitecta María Eugenia Beltrán Franco recibió la Medalla al Mérito Cultural 2026, otorgada por la Sociedad de Mejoras Públicas de Armenia. Su trayectoria reúne la planificación territorial, la docencia, la reconstrucción posterior al terremoto de 1999 y la investigación del patrimonio cultural del Quindío.

Su interés por la arquitectura nació en casa. Creció escuchando conversaciones sobre obras, carreteras, ferrocarriles y construcción. Su padre, ingeniero civil y fundador de Camacol en el Quindío, trabajó buena parte de su vida en la obra pública; su madre le inculcó el valor de la educación.

María Eugenia es la mayor de seis hermanos y cuatro de ellos son arquitectos. En su hogar, hablar del costo del metro cuadrado, de los procesos constructivos o del desarrollo de las vías era parte de la cotidianidad. Sin embargo, una enseñanza de su padre trascendió el ámbito profesional: “Nosotros recibimos mucho, tenemos que dar mucho”.

Esa idea ha orientado su trabajo en la arquitectura, la planificación y la docencia, así como su participación en iniciativas de voluntariado. Su interés por la memoria regional la llevó a crear el Centro de Estudios del Patrimonio, dedicado a la investigación, la formación y la difusión de estos temas. También se vinculó al programa nacional de voluntarios del patrimonio.

Durante su paso por la dirección de Planeación departamental en la década de 1990, identificó el potencial turístico de Salento, según relata. A lo largo de su trayectoria ha ocupado cargos académicos y participado en espacios relacionados con la historia y la conservación patrimonial. Fue decana de la Facultad de Arquitectura de la Universidad La Gran Colombia, seccional Armenia, y ha escrito más de 20 publicaciones, entre libros y cartillas.

 

Usted habla mucho del servicio. ¿De dónde nace esa necesidad de trabajar también por los demás?

Eso viene de mi familia y, especialmente, de mi papá. Él siempre nos decía: “Nosotros recibimos mucho, tenemos que dar mucho”. Para mí, eso significa que uno debe devolver algo de lo que ha recibido, ya sea mediante el conocimiento, el servicio, el acompañamiento o el trabajo. Por eso he sido voluntaria durante muchos años. El voluntariado me ha aportado mucho, no solo en las relaciones humanas, sino también en formación y en la posibilidad de generar un impacto en la comunidad.

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El terremoto de 1999 marcó profundamente al Quindío. ¿Qué significó para usted vivirlo desde su profesión?

El terremoto cambió absolutamente la vida. Estaba vinculada a la Universidad La Gran Colombia y después participé en la reconstrucción desde Camacol. Trabajamos como interventores en proyectos de urbanización y tuvimos que crear procesos de capacitación porque muchas personas que trabajaban en las obras necesitaban formación. También desarrollamos interventoría social para verificar el cumplimiento de las condiciones laborales y de seguridad. Fue una época muy dura, pero también de mucho aprendizaje y responsabilidad frente a lo que significaba reconstruir un territorio.

 

¿Cómo nació su vínculo con la investigación y la defensa del patrimonio?

Durante el terremoto (1999) vi cómo desaparecían muchas edificaciones y elementos de la memoria del departamento. Eso me dolió profundamente y me llevó a crear un centro de estudios del patrimonio dedicado a la investigación, la formación y la difusión. Después, el Ministerio de Cultura abrió una convocatoria para formar voluntarios en valoración patrimonial y me postulé. Así terminé vinculada al programa nacional de voluntarios del patrimonio. Para mí, investigar es fundamental porque, si no documentamos lo que tenemos, corremos el riesgo de perderlo.

 

Cuando mira todo lo que ha hecho, ¿qué legado quisiera dejar?

Quisiera dejar conocimiento. Aquí hace falta mucha bibliografía sobre arquitectura, planificación y patrimonio local. Por eso he tratado de escribir y documentar lo que he investigado. Tengo varios trabajos publicados y otros en proceso, entre ellos investigaciones sobre patrimonio ferroviario y religioso. También quiero que las nuevas generaciones conozcan la historia de nuestros pueblos y entiendan que el patrimonio no son solamente los edificios, sino también nuestra forma de vivir, las creencias, los valores y la memoria que construimos entre todos.