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La bióloga recibió la Medalla al Mérito Ambiental 2026 por su trabajo en conservación y formación ciudadana, incluido el proyecto de recuperación de quebradas tras el terremoto de 1999.

María Lucelly Ramírez Gómez dedicó buena parte de su trayectoria profesional a acercar la educación ambiental a colegios, barrios y comunidades rurales. Su trabajo en la Corporación Autónoma Regional del Quindío (CRQ) incluyó programas de conservación de fauna, formación ciudadana y recuperación de quebradas. El 8 de octubre recibió la Medalla al Mérito Ambiental 2026 de la Sociedad de Mejoras Públicas de Armenia, distinción que también obtuvieron otras dos personas por sus iniciativas ambientales.

Uno de los proyectos que marcó su carrera fue *Adoptemos la quebrada de mi barrio*, iniciativa que promovió la recuperación de fuentes hídricas afectadas por escombros y residuos después del terremoto de 1999. El trabajo vinculó a juntas de acción comunal, instituciones educativas y habitantes de distintos sectores.

Ramírez estudió Biología en la Universidad del Quindío y complementó su formación con estudios relacionados con la consultoría ambiental y la participación comunitaria. En la CRQ trabajó en el laboratorio de aguas, coordinó el programa de estanques comunitarios y asumió responsabilidades en iniciativas de fauna silvestre y formación ambiental.

Su experiencia también llegó a Medellín y a centros penitenciarios de Antioquia, donde participó en procesos de capacitación sobre el cuidado de los recursos naturales. Ahora, tras culminar su etapa laboral en la CRQ, busca continuar con asesorías y actividades de formación.

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¿Qué la llevó a dedicar su vida a la educación ambiental y al trabajo con las comunidades?

Mi formación en biología y mi experiencia profesional me permitieron comprender que la educación ambiental es fundamental para transformar la relación del ser humano con la naturaleza. Siempre he procurado que las personas no se limiten a recibir información, sino que aprendan a respetar la biodiversidad, cuidar el agua, proteger el suelo y asumir la responsabilidad de sus acciones.

He trabajado con niños, jóvenes, adultos, comunidades rurales y urbanas, poblaciones vulnerables e instituciones. Creo que por mis manos han pasado más de 100.000 personas mediante cursos, talleres, diplomados y actividades de formación. Mi propósito ha sido dejar una semilla en cada una, para que valoren la vida y promuevan su cuidado en sus familias y comunidades.

¿Qué significó desarrollar el programa Adoptemos la quebrada de mi barrio y convertirlo en un modelo de trabajo comunitario?

Fue una experiencia importante porque nació en un momento difícil para Armenia, después del terremoto de 1999. Muchas quebradas se habían convertido en escombreras y necesitábamos recuperar esos espacios, pero también despertar el sentido de pertenencia de las comunidades.

Trabajamos con las juntas de acción comunal y les dimos herramientas para que fueran protagonistas de la recuperación de sus entornos. Organizamos jornadas de limpieza, siembra de árboles nativos y plantas medicinales, recuperación de senderos, trueques y otras actividades sociales y ambientales. Las comunidades formulaban sus proyectos y administraban los recursos destinados a ejecutarlos.

No se trataba solamente de recuperar una quebrada, sino de promover valores como el respeto, la solidaridad y el compromiso con el territorio. Las estrategias continuaron en otros programas y llegaron a diferentes lugares del país.

Durante su trayectoria también llevó la educación ambiental a centros penitenciarios de Antioquia. ¿Qué aprendizajes le dejaron esas experiencias?

Me enseñaron que la educación ambiental puede llegar a cualquier comunidad cuando se construyen relaciones de confianza y se ofrecen herramientas para transformar la realidad. En Medellín trabajé con comunidades de distintos barrios, donde capacitamos a jóvenes y adultos en el cuidado de las quebradas, la siembra de árboles y la protección de los recursos naturales.

También implementamos programas de gestión ambiental en las penitenciarías de Bellavista y Envigado. Allí formamos a internos, algunos de los cuales recibieron certificaciones, y desarrollamos actividades como festivales ambientales y una granja que quedó bajo su liderazgo.

Estas experiencias me confirmaron que la educación ambiental no debe limitarse a transmitir conocimientos técnicos. También puede fortalecer las capacidades de las personas y mostrarles que pueden aportar a su entorno, sin importar sus circunstancias.

¿Qué le hace falta al Quindío para fortalecer su cultura ambiental?

Nos hacen falta mayor cultura ciudadana, compromiso y responsabilidad. Hemos desarrollado capacitaciones sobre el manejo de residuos sólidos, la conservación del agua y la protección de los ecosistemas, pero todavía vemos personas que arrojan basura en las calles, depositan escombros en las quebradas o no separan adecuadamente sus residuos.

La sensibilización debe continuar, pero también necesitamos hacer cumplir las normas. El comparendo ambiental es una herramienta que debe fortalecerse para que las personas comprendan que sus acciones tienen consecuencias.

La educación y las sanciones deben acompañarse de incentivos para quienes hacen bien las cosas y de rutas selectivas que permitan aprovechar los residuos separados desde los hogares.

El cambio comienza en casa, con el ejemplo de los padres y la formación de los niños, pero es una responsabilidad compartida entre la ciudadanía, las empresas y las instituciones. No podemos esperar que todo lo resuelva el Estado. Necesitamos entender que los árboles y las quebradas forman parte de ecosistemas que debemos proteger.

Ahora que culminó su etapa laboral en la CRQ, ¿qué proyectos tiene y qué le gustaría que permaneciera de su trabajo?

La CRQ fue mi segundo hogar. Allí aprendí, crecí profesionalmente y tuve la oportunidad de compartir mis conocimientos con muchas personas. Estoy agradecida por esos años y por lo que pude aportar desde los programas y proyectos que coordiné.

Quiero continuar trabajando en educación ambiental, liderar una asociación y ofrecer capacitaciones en el país, incluso de manera virtual. También quiero asesorar a empresas, instituciones y personas que necesiten acompañamiento en estos temas. Jubilarme no significa dejar de trabajar por el ambiente, porque esta labor hace parte de mi vida.

Mi meta es seguir formando personas que valoren la biodiversidad, el aire y el agua, y que promuevan su cuidado entre quienes las rodean.

 

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“El comparendo ambiental es una herramienta que debe fortalecerse”.