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Historia / ENERO 08 DE 2023 / 1 año antes

Sitios de encuentro del Quindío para la apropiación de un turismo cultural

Autor : Roberto Restrepo Ramírez / Especial para NUEVA CRÓNICA QUINDÍO

Sitios de encuentro del Quindío para la apropiación de un turismo cultural

La novedad de la “barber shop” eliminó el ambiente pueblerino de la antigua barbería o peluquería, mientras que la profusión de los expendios de “café de origen” puso en jaque la supervivencia de los bares, salones de billares y cafés tradicionales.

Hoy se habla de un turismo cultural en el Quindío para recuperar los valores de las identidades. También, para aportar pertenencia a los pobladores y para imprimir un sentido diferente al disfrute del ocio, contrario al que nos ha traído la invasión continua de visitantes, que son convocados por el estilo depredador que promueve el turismo masivo. Así lo deben entender las nuevas Facultades de Turismo que abren las universidades y hasta los diplomados que se instituyen para la guianza  y recorridos que se programan en los  municipios.

 Parte importante de esa dinámica de recuperación del buen disfrute de las tradiciones culturales lo constituye el conocimiento de la existencia de esos espacios que entrañan el alma ciudadana. Porque, desde allí, se construye el sentido de comunidad. Me refiero a los sitios de encuentro, las tiendas de barrio o comuna, los parques y las plazas de mercado, entre otros. Irónicamente esos referentes de la quindianidad vienen desapareciendo, son refaccionados pésima o simplemente se suprimen por disposición oficial. Ya sea porque siempre se les ignoró o porque se minimizaron frente a la competencia voraz del supermercado de alta superficie, para el caso de las tiendas de barrio. También, por la novedad de la “barber shop” que eliminó el ambiente pueblerino de la antigua barbería o peluquería. O por la profusión de los expendios de “café de origen”, frente a la supervivencia de los bares, salones de billares y cafés tradicionales. Y esto para citar solo tres ejemplos de supresión social de aquellos lugares, donde nos encontrábamos para degustar, recibir servicios (como el corte del cabello, por ejemplo) o simplemente para departir.

En las tiendas y otros sitios de encuentro sobrevivientes del Quindío todavía se disfruta el sabor y el saber de los conocimientos de antaño. Tenderos, boticarios, farmaceutas, peluqueros, barberos, sobanderos y otros oficios que allí se recrean (cada día más mermados) nos recuerdan la vivencia de antaño. Lastimosamente dos oficios -con sus espacios de vida- ya desaparecieron del entorno. Son el arriero y el posadero. Las posadas dieron origen a varios municipios de la región y en ellas se afirmó el comercio de las famosas fondas.

Persiste tímidamente el barbero o peluquero, aquel personaje que trabajaba con las antiguas y bellas sillas giratorias, donde nos sentábamos para facilitar el corte del cabello con máquina de “peluquiar”, o para el arreglo de la barba con la temida barbera, que se afilaba en un cuero fino. Vi los últimos protagonistas de este curioso oficio en los alrededores de la plaza de mercado de Montenegro, que también fue demolida. Tal vez se mantengan en los pueblos recónditos de la cordillera, porque ese oficio de veteranos hombres colabora un poco con la menguada economía popular, ya que ofrece favorables precios a los usuarios, regalándoles además el secreto amable de la buena atención.

 El último establecimiento de mi natal Filandia, que funcionaba como fonda y barbería, era el de don Israel Román. Hace poco cambió de destino ese local y el viejo debe estar rumiando sus recuerdos al interior del hogar. Sentarse en las sillas centenarias de vaqueta que allí se colocaban para que los clientes conversaran -mientras se degustaba una gaseosa o se consumía el “suspiro”, la cuca negra o el confite de sus añejos envases de cristal- era alentador, porque también se disfrutaba con las historias que contaba esta persona mayor. Don Israel es miembro de una familia longeva, cuyo exponente más conocido fue don Salomón Román, patriarca que murió en 2010 a sus 95 años y quien residía en la segunda planta de su casa, en la “calle de tiempo detenido”. Atendía, durante el día, otro sitio de encuentro que paulatinamente se esfuma en el Quindío, la compra de café.

 La tienda de barrio es otro resaltante sitio de encuentro para los viejos, y sobre todo la que incluye en su mobiliario una o dos mesas con sillas. En Filandia solo sobreviven unas cuantas en sectores tradicionales y llaman la atención las vitrinas antiguas de madera donde se exhiben los productos.

 En Armenia del pasado se recuerda una casa, ubicada en la carrera 12 No. 9 - 61, construida por don Tomás Calderón, un tendero que la habitó con su esposa Graciela y sus nueve hijos. El mayor recuerdo de esta vivienda es la tienda que se instaló en la parte frontal, llamada “El Dorado”, pero conocida popularmente  como la tienda de Tomasito, haciendo alusión al hijo mayor. Dicha tienda posee una agradable remembranza, como me lo describió una de las descendientes de don Tomás. Era la venta de los famosos “Ocnis”, nombre que dio Tomasito a sus “objetos comestibles no identificados”, golosinas con las que llamaba la atención de los niños del sector. (En informe de cátedra titulado “Arquitecto de antaño”, presentado por Ana Carolina Castrillón Puerta, Universidad de San Buenaventura, Armenia,2012). 

Los cafés, en diferentes municipios del Quindío -donde sobreviven a pesar de las nuevas estancias del comercio- siguen siendo los sitios de encuentro más tradicionales de los adultos mayores. Obviamente, con la novedad del turismo, ellos son también frecuentados por los curiosos visitantes de otras regiones de Colombia, quienes entran a admirar su añejo mobiliario, las puertas de hierro forjado que poseen y, sobre todo, la música que los ambienta. Es Pijao el que más concentra en su plaza principal el mayor número de estos agradables establecimientos.

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 Abiertos al espacio público están los parques, reservorios físicos para la transmisión de la cultura popular. Pero han sido salvajemente desmantelados y refaccionados, suprimiendo en ellos las bancas antiguas. Solo conservan su espíritu de plática cotidiana los de Filandia, Montenegro (con una estancia especial) y  Circasia. Paradójicamente en estos dos últimos municipios, los viejos se siguen encontrando, a pesar de las frías losas de las intervenciones arquitectónicas, donde ellos se sientan a conversar.

 Hasta antes del terremoto de 1999, los habitantes se concentraban alrededor de las plazas de mercado, tal cual ocurría en Armenia con el famoso “planchón”. Siempre fue  considerado este lugar de trueque -y todavía -  como un “sitio peligroso y carnavalesco, donde se podía conseguir desde un reloj marca Rolex hasta unos zapatos de segunda”, y tal cual lo anota Betty Martínez Salazar en su artículo de prensa titulado “Réquiem por la galería”, publicado en el periódico “La Tarde del Quindío”, en mayo de 1999. Actualmente este espacio sigue siendo estigmatizado y curiosamente ese señalamiento se extendió al parque anexo, llamado rimbombantemente Plaza de la Quindianidad. Su entrada está obstaculizada  por cintas que prohíben el  acceso de los lugareños. O sea, es un parque de la quindianidad “sin quindianos”. 

En la memoria de los habitantes de Armenia quedó el recuerdo del más emblemático sitio de encuentro, el Bar Destapado. Mientras en Montenegro persiste, alrededor de un arbusto, el más icónico de todos, el “árbol del totumo”, donde los hombres adultos mayores se reúnen a diario. Afortunadamente es defendido y usado por los ciudadanos, porque, como debería ocurrir en todos los parques y plazas del Quindío, allí se retrata sicológicamente la vida departamental.

 Urge la tarea de inventario, a través del mecanismo de diagnóstico popular, de los sitios de encuentro de los municipios. En Montenegro, por ejemplo, en 2005, todos los barrios los identificaron, en el marco de una tarea denominada “Recuperación de memoria histórico cultural”(Alcaldía Municipal, Asociación Cultural de Montenegro). Uno de los sectores, el barrio Colón, por ejemplo, así los mencionó:

 La esquina de la tienda de Lalo. La tienda de don José. La panadería de Primo. La tienda de la Viuda. La bomba de gasolina. La bomba del hoyo. Carrocerías Peláez. Sancochería Farid. Almacén de Muletón. Antiguo taller de “Brillo”. La compra de café de Mauricio.

 La identificación, valoración y apropiación de los sitios de encuentro ciudadano es solo uno de esos insumos que contribuye a la construcción de un turismo cultural y responsable.


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