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Historia / FEBRERO 09 DE 2023 / 1 año antes

Viaje al pasado: lea el relato de la travesía de Charles Saffray por el camino del Quindío hace más de 150 años

Autor : Álvaro Hernando Camargo Bonilla / Especial para NUEVA CRÓNICA QUINDÍO

Viaje al pasado: lea el relato de la travesía de Charles Saffray por el camino del Quindío hace más de 150 años

La crónica de Saffray describe su entusiasmo por la naturaleza y detalla aspectos de geografía, caminos, historia y costumbres de la Nueva Granada de la época. 

Charles Saffray, médico francés recorrió la Nueva Granada en 1869; sus crónicas de viaje fueron publicadas en la afamada revista francesa: ‘Le tour du monde’, en los años 1872 y 1873. En el año de 1876, apareció en Barcelona una edición española de la obra de Saffray, publicada por Montaner y Simón, en la colección: ‘El mundo de la mano’. En Colombia solamente ha aparecido una publicación, sin grabados, del viaje de Saffray que constituye el volumen 110 de la Biblioteca de Cultura Colombiana en el año 1948

Al iniciar su periplo, encontró el país en plena revolución. El general Mosquera acababa de derribar el gobierno del señor Ospina y había organizado el país bajo el nombre de Estados Unidos de Colombia

La crónica de Saffray describe su entusiasmo por la naturaleza y detalla aspectos de geografía, caminos, historia y costumbres de la Nueva Granada de la época. Su relato no fija fecha de su llegada, ni de los hechos narrados, por la información se deduce que fue descrita durante la revolución de 1860

Después de entrar por Santa Marta, pasó a Cartagena, Turbaco, que en lengua indígena se decía Yurmaco; por la vía del Dique llega a Calamar, en donde sigue al interior navegando el Río Magdalena, para desembarcar en puerto Nare, de donde subió por su cauce en canoa hasta la bodega de San Cristóbal, lugar donde terminó su navegación, y siguió a lomo de mula y tras largo y penoso camino, después de pasar por Marinilla y Rionegro, llega Medellín.  Resolvió seguir a Guayaquil, por el Valle del Cauca. Entonces tomó el camino por Sonsón, Abejorral, Pácora, Arma y Manizales, por un camino que, durante la estación de las lluvias, el viajero no podía avanzar más de tres leguas diarias. 

Manizales se encontraba dominada por el general Henao, quien defendía el territorio de Antioquia y trataba de retirar las huestes del exabogado Payan, designado como general y jefe del ejército por Tomas Cipriano de Mosquera, patrón del valle del Cauca y quien estableció su avanzada en la aldea de María, distante una legua de Manizales, centro de las regiones templadas y frías de la Sierra Nevada del Quindío (desde la Mesa de Hervé, al norte, hasta la enorme masa cónica del Tolima, al sur), frontera entre las provincias de Antioquia y Cauca, punto de tránsito importante. 

En Manizales emprende una excursión al Ruíz, donde disfrutó todos los imprevistos que se le presentaron en su ascenso por territorios aún vírgenes y de una inmensa selva de pinos y cedros de proporciones colosales, por donde solo andaban el puma, el tapir, el leopardo, el pecarí, el oso pardo, el ciervo de los Andes y el gato-tigre. 

En la Aldea de María, contrató un baquiano que conocía la montaña, quien, por un camino, muy escarpado y cubierto de vegetación, lo guió en la correría. A medida que ascendía refería las plantas de la zona templada y gradualmente la aparición del bosque de niebla. A los cuatro mil trescientos metros de altura, detalla la presencia escasa de vegetación, cubierta de musgo que pendían de sus ramas, simulando cabelleras, luego, a cuatro mil setecientos metros, describe la existencia de la nieve.

Los acontecimientos derivados por la guerra no le permitieron continuar el plan que tenía proyectado y, en consecuencia, resolvió dirigirse al puerto de Guayaquil por el valle del Cauca, pasando por Cartago, donde pernoctó varios días, luego a Roldanillo, Cali y Quinamayó, en donde desistió de su proyectado viaje a Quito y retrocedió a Cartago, regresando a Bogotá por la vía del Quindío. Allí, programó su regreso a Europa regresando por el Quindío, para recoger las colecciones que había dejado en Cali, y sigue a Buenaventura por la vertiente del Río Dagua, buscando el Chocó y por el Río San Juan, y el Atrato, al golfo de Urabá.  

Su correría describe los indígenas que aún la habitaban, su forma de vida, costumbres, además, el uso y propiedades de la flora.
 

Relato de su travesía

CAP. XXIV 

“Nueva Granada el país de los malos caminos; me habían prevenido que iba a Bogotá vería uno de los caminos reales más impracticables del mundo, situado en las montañas del Quindío, que forman parte de la cordillera central, entre Cartago e Ibagué. 

Llegué a Cartago en plena estación de lluvias; durante la sequía se puede atravesar la montaña más o menos bien, con mulas elegidas, arrieros prácticos, y los bagajes convenientes, en cuyo caso se emplean seis o siete días para llegar a Ibagué; pero en invierno no se evita con las mejores mulas, la exposición de peligros que sería temerario arrostrar, sin una necesidad absoluta. 

Sin embargo, resuelto a no esperar la estación seca, aproveche de una experiencia raramente adquirida para hacer mis preparativos de viaje. En vez de mulas, ajusté conductores, pues, aunque más caros, era también más seguro. Construí una tienda que debía sustituir a la sencilla choza de ramaje cubierta de hojas, que se forman para pasar la noche cuando no se tiene la suerte de encontrar una de las pocas cabañas que hay en el camino. Mandé comprar encerados, correas, una olla de hierro, una chocolatera de cobre, un hacha, un machete, algunas calabazas secas para llevar los víveres y mochilas. 

En cuanto a las provisiones, conviene llevar harina de maíz tostada, arepas, bananas cortadas y cocidas al horno, tasajo seco, azúcar, chocolate, sal y café. Las calabazas, los troncos de bambú y las grandes hojas flexibles, sirven perfectamente para el embalaje. 

A fin de evitar la mala voluntad de los conductores, las tardanzas y los accidentes, ningún fardo ha de pesar más de cuarenta kilogramos, y cada paquete debe ir envuelto en tela embreada, atándolo cuidadosamente para que ofrezca el menor volumen posible. 

Dos conductores prácticos, conocedores del camino, ofrecerán más seguridad que uno solo; se les promete una gratificación en el caso de que el viaje sea feliz, y se les confía la dirección de la caravana. 

Si quieren dar por terminado el día a las dos o las tres de la tarde, no se debe contrariar su voluntad, pues sus razones tendrán para obrar así; el día siguiente puede ser penoso y de necesita un largo descanso, o bien se teme que sorprenda la noche en los pasos difíciles, o ya, en fin, se trata de albergarse en una cabaña conocida. En una palabra, aconsejo al viajero que deposité toda su confianza en esos honrados hombres, pues nunca tendrá que arrepentirse; pero adviértase también que no intenten dar demasiada importancia como amo, pues será el primero en sentirlo. Los conductores desempeñan honradamente su oficio de bestia de carga, pero quieren que se les trate con la debida consideración, pues por llevar una carga no dejan de ser hombres. 

Un oficial español que atravesaba el Quindío parecía complacerse en injuriar a su conductor, porque le parecía que iba demasiado despacio, aunque el indio hacía cuanto le era posible. El viajero, empeñado en acelerar la marcha, gritaba siempre, y al fin, calzándose las espuelas, hirió con ellas al conductor. Llegados a un punto donde el camino bordea un espantoso precipicio de cuatrocientos metros de profundidad, el indio, que esperaba su hora, se arqueó de pronto sobre su férreo palo, y de un vigoroso empuje lanzó al oficial al abismo. Todos los conductores del Quindío saben esta historia, y enseñan el sitio donde fue precipitado el viajero. 

El aspecto general de las altas montañas cuyo conjunto se designa con el nombre de Quindío, recuerda al viajero los paisajes del Páramo del Ruiz. Es la misma vegetación, la misma naturaleza en toda la vertiente occidental de la Cordillera. Por la otra parte ofrecen más variedad, apareciendo algunas plantas nuevas a intervalos. Allí fue donde vi por primera vez el Eupatoriwn Aya Palla. variedad del guaco, y que tiene propiedades análogas a la de la Mikania de las regiones cálidas. 

Al llegar al pequeño valle de Tochecito se encuentra uno de los vegetales más notables de la tierra: el Ceroxylum Andícola, o palmera de cera. Todo es particular en este árbol; diríase que ha sido creado para las abrasadoras orillas del Pacífico, pero también habita en los climas templados o fríos, y prospera en las montañas del Quindío y del Tolima, entre los mil ochocientos y dos mil novecientos metros de altitud. Allí donde parecerían las plantas menos sensibles al frío, o tomarían una forma achaparrada; la de que hablo presenta un estipe de cincuenta metros de elevación, graciosa y elegante columna que corona un vasto chapitel de penachos. Su tallo de color anacarado, que no es otra cosa sino cera, tan pura como la de las abejas, pero un poco más quebradiza. Generalmente se mezcla con sebo para fabricar las velas usadas en el país. 

Cuando no estábamos más que a una jornada de Ibagué, y después de atravesar un vasto espacio de palmera de tronco alto y raquítico, coronado de un ramo de hojas, divisamos a lo lejos una cabaña y por cierto que ya era tiempo, pues los hombres iban extenuados y hacía horas que nos faltaban los víveres. 

Llegados a la mísera choza, donde vi una mujer anciana, detrás de la cual se escondían dos jóvenes, preguntó la dueña que cuántos éramos. 

-Ocho, contesté yo. -Pues no tengo sitio para todos, repuso. -Está bien: pero si lo permitimos albergue debajo del cobertizo. -Como gustéis. 

Mi conductor preguntó entonces si se podría darnos algo para cenar, a lo cual contestó la mujer que no tenía cosa alguna, pero como esta réplica me recordase la anécdota de aquel soldado que no encontraba de comer en la posada, anécdota muy antigua que todo el mundo sabe, resolví seguir su ejemplo. El resultado sobrepasó mis esperanzas; pidiendo poco a poco obtuvimos huevos, azúcar y frutas. Después resultó que oprimiendo un poco habría lugar para que todos durmieran en la cabaña. 

Al día siguiente penetramos en la bonita ciudad de Ibagué; y después de un día de reposo alquilé mulas para continuar mi viaje.  Bajando primero por los últimos contrafuertes de la Cordillera, cruzamos a poco el Magdalena, y siguiendo luego un camino montuoso menos practicable, llegamos sin percance alguno al pueblo de La Mesa, situado en una vasta meseta, limitada a lo lejos por una línea ondulante de montañas azuladas: en la falda de éstas se halla Santa Fe de Bogotá”. 


[1] Viaje a la Nueva Granada Doctor Saffray. Preparado por el Ministerio de Educación Nacional, Departamento de Extensión Cultural y Bellas Artes.1948. Biblioteca Popular de Cultura. Colombiana Págs. 208 a 280. 


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