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Historietas del más acá / MARZO 25 DE 2022 / 1 año antes

Ayuno de besos y abrazos

Autor : Ernesto Acero Martínez

Ayuno de besos y abrazos

​​​​​​“No se le olvide que yo soy su mamá”, le decía en voz baja, mientras lo sostenía en brazos. Él estaba más concentrado en el pequeño carro de juguete que tenía en sus manos; pero ella insistía con la recomendación, luego le encimó una orden: “Deme un beso”. Entonces, se besaron, ambos con los ojos cerrados, fue un segundo, cuando ella volvió a abrir sus ojos, él ya estaba, nuevamente, concentrado en su juguete nuevo. Dos metros los separaban de una pequeña puerta azul, custodiada por dos jóvenes dragoneantes, por la que solo él podría salir, a ella le tocará esperar más, mucho más.

La jornada matinal dominical de visitas en el centro de reclusión de mujeres Villa Cristina de Armenia terminó, faltaban minutos para que el reloj marcara las 12. Tras la gran puerta azul de la calle 50, después de casi cuatro horas de risas, bailes, recreación y charlas, para lo que debieron esperar dos años, hubo lágrimas, muchas lágrimas. La despedida fue tanto o más emotiva que el anhelado reencuentro que ocurrió pasadas las ocho de la mañana. Las horas que dura la visita en los penales son las únicas que pasan rápido, todo lo demás transcurre como en cámara lenta.

Gracias al buen manejo sanitario de la pandemia en la cárcel que dirige Tatiana Jiménez Arcila, sumado a la flexibilidad en las restricciones de movilidad y contacto físico que obligó la pandemia, se autorizó, después de 24 meses, el ingreso de menores de edad y mayores de 60 años a Villa Cristina; el requisito fue tener la vacuna antiCovid. Por fortuna en el Quindío la población vacunada supera el 90 % y, según la secretaría de Salud, más del 70 % de los mayores de 3 años han sido inmunizados. El centro de reclusión de mujeres de la capital quindiana, recientemente acreditado por ACA (Asociación Carcelaria Americana) como reconocimiento a la calidad de sus procesos misionales, sumó varias razones para hacer posible el reencuentro: allí no hay pacientes Covid, el 100 % de la población carcelaria está vacunada y no hay sobrepoblación.

Tocando puertas, como lo hacen siempre, las directivas de la cárcel lograron el apoyo de la alcaldía de Armenia y la gobernación del Quindío para hacer de este reencuentro un día especial. En el patio central de la cárcel se dispusieron carpas, por si llovía, pero el cielo estuvo azul y despejado; recreacionistas del Imdera llegaron para sumar juegos y actividad física a los abrazos, besos y mimos represados por meses, entre las internas y sus hijos y madres; hubo refrigerios y cada uno de los 85 niños que visitó a su madre salió cargado de regalos y recargado de las muestras físicas de afecto que, incluso, algunos, recibieron por primera vez.

Después de dos años de no ver a quien es sangre de su sangre y estuvo durante 9 meses en su vientre, la sorpresa es grande. Para muchas madres todo lo de sus hijos ese día fue nuevo. Algunas no estuvieron con ellos cuando aprendieron a gatear o caminar; durante dos años el olor de ambos, que es una de las más duraderas y fuertes conexiones entre madre e hijo, resultó desconocido; los primeros minutos fueron de reconocimiento mutuo, hará falta nuevos y repetidos encuentros para transformar la pena del reencuentro en afecto y luego en amor.

Las sonrisas e incluso carcajadas resonaron en el pequeño patio, que no parece el de una cárcel (luce limpio y está bien pintado) claro, solo para el que llega de visita, porque para quienes lo tienen como su único mundo físico posible es asfixiante y agobiante. Una jaula no por ser de oro deja de ser jaula. Pero la magia del amor, el perdón y la solidaridad transformó esas cuatro paredes en un salón de juegos; los niños corrieron, saltaron lazo, bailaron la canción del gorila, comieron, lucieron sus mejores ropas y, lo más importante, estuvieron nuevamente junto a quienes para ellos nunca serán culpables.

Al final de la jornada cada niño salió, con un juguete en una mano y agarrado de la otra al adulto que los llevó hasta Villa Cristina. Los más pequeños no entienden mucho lo que está pasando, para algunos es normal que aquella a quien llaman mamá no es la que los baña, les da la comida, los regaña, los lleva al colegio, les canta el cumpleaños feliz, les da acetaminofén cuando se sienten mal ni destapa con ellos los regalos el 24 diciembre. Algún día entenderán qué fue lo que pasó, ojalá, para que no sea a ellos que, ya grandes, los tengan que ir a visitar los domingos en la mañana.

Terminado el emotivo reencuentro del domingo y una vez apagada la música, retiradas las carpas blancas y recogidos los envoltorios de los regalos y vasos desechables, cada una de las personas privadas de la libertad en Villa Cristina se marchó a su celda impregnada del olor de esos hijos que no veía hacía dos años, con algún cabello o pestaña de ellos, ojalá, pegado en su ropa, recordando las palabras de esa madre que no abrazaba hacía dos años, pensando en ese nuevo ayuno de afecto que terminará algún otro domingo, para algunas de forma temporal y para otras de manera definitiva. 

Una mirada perdida y un suspiro, un buen recuerdo, algunas lágrimas, una sonrisa, arrepentimiento, tal vez una oración o incluso una maldición, quizá un desvelo, todo pudo haber pasado, en cuestión de segundos o por cuotas en una eterna noche, en cada una de las celdas de Villa Cristina aquel domingo en la noche, día en el que, después de dos años, terminó un ayuno de besos y abrazos para comenzar uno nuevo que quién sabe cuánto va a durar.

 

 

 


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